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5 Necesidades Femeninas por Ricardo Erecto
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Bueno hija, ya lo hemos hablado bastante. Si es lo que quieres yo no puedo oponerme. Ya tienes 30 años y sabes bien lo que haces, le dijo Manuel Aizpurrúa a su hija Laura.

Gracias papá. Sabía que al final comprenderías y aceptarías mi decisión. Lo he meditado mucho y no creas que es algo impulsivo. Por el contrario. También lo he hablado mucho contigo, respondió Laura Aizpurrúa.

Mira, llamaré a mi amigo Pepe que creo que él nos podrá ayudar. Ya mismo lo llamo.

Marcando el número telefónico de Pepe se desarrolló el siguiente diálogo.

Manuel: Oye Pepe, necesito tu ayuda. Es un asunto confidencial y quiero hablarlo personalmente contigo. Iré con mi hija Laura a tu despacho. Dime cuándo puedo verte.

Pepe:- Pues cuando quieras, ¿Te parece bien mañana por la mañana, a las 9?-

Manuel: Perfecto, allí estaremos. Recuerda que esto es muy confidencial.

Pepe. Descuida, hasta mañana.

Laura se había recibido de escribana a los 23 años pero nunca había ejercido su profesión. Se casó apenas recibida con Luis Medina, un exitoso joven del lugar. Cogían por lo menos una vez al día. Salían a pasear casi todas las noches y estaban de diversión en diversión. Laura estaba muy satisfecha con su matrimonio y su conchita también. Muchas veces lo hacían por la noche y Luis le pedía que se quedara desnuda para continuar acariciándola toda la noche entre sueño y sueño.

No importaba si estaba al comienzo del ciclo, a la mitad o estaba menstruando. Cualquier ocasión era buena para coger

Llevaba 5 años de casada cuando un día al regresar Luis a la casa tuvo lugar el siguiente diálogo:

Luis: Laura, quiero contarte algo que me pasó. La semana pasada conocí una chica con la cual me acosté dos veces en la semana y hace un rato de nuevo. Me siento muy cómodo con ella, pero contigo también por lo que creo conveniente -ya lo hablé con ella- que lo mejor será que se venga a vivir con nosotros, así podré tenerlas a las dos. A veces me acostaré una otras con la otra y en otras con las dos. Incluso quizás en el futuro puede haber una tercera.

Laura: Estás completamente loco si crees que voy a compartir a mi marido y mi techo con otra mujer. Si tanto te gusta esa marrana, pues quédate con ella. No cuentes conmigo en ese juego!

Luis: Pero Laura...

Laura: Pero Laura Nada. No quiero verte más. Ya mismo me voy de casa.

Salió dando un portazo. De inmediato inició los trámites de divorcio que le fue concedido rápidamente.

De ese hecho hacía dos años en lo cuales no había tenido relaciones sexuales. Sólo se había satisfecho con un dedo muy de vez en cuando. Estaba desesperada por lo cual decidió presentarse ante dos escribanos (a falta de uno) y redactó un escrito en el cual cedía su cuerpo y su voluntad a quién legítimamente demostrara la tenencia del documento que estaba firmando. La transferencia debía hacerse también por escritura ante escribano. Su idea era estar sometida a un hombre sin ningún compromiso para él, pudiendo hacer de ella todo lo que quisiera, la cogiera o la sometiera a cuánta vejación pudiera surgir. Laura renunciaba en ese acto a la propiedad de su propio cuerpo.

Estuvo ansiosa durante la noche esperando la entrevista con Pepe. A las 9 en punto estaban padre e hija en el despacho de la cita.

Mira Pepe, dijo Manuel, tu conoces a Laurita desde hace mucho tiempo. Sabes que estuvo casada y que luego se divorció. Ha tomado una decisión muy difícil pero creo que tú has participado en cosas similares y nos podrás ayudar. Está buscando un hombre que se haga cargo de ella, para lo cual ha hecho esta declaración, que quiero que tú leas, ante escribano.

-Efectivamente, he ayudado a muchas mujeres a encontrar quién se haga cargo de ellas, aunque debo reconocer que nunca una persona como tu hija, con título universitario. Sabes que hay muchos malandras por allí que quieren tener una mujer sólo para abusar de ella. En este caso lo que estaríamos haciendo es transferir el cuerpo y la voluntad de una mujer para el uso particular del comprador. Supongo que lo ha meditado bien, respondió Pepe.

Por supuesto, respondió Laura. Esto no es una cosa improvisada. Para su información puedo decirle algunas cosas un tanto íntimas pero que pueden ayudarlo a conocerme, respondió Laura. Mi ex marido quería traer a otra mujer a vivir en nuestra casa para disponer de dos mujeres. Yo no lo acepté. Creo que ahora estoy un poco arrepentida.

Por otra parte, no puedo quedar embarazada por una malformación de nacimiento, aunque puedo coger como cualquier mujer. Otra cosa que quizás le interese es que solamente dos veces mi ex marido me la metió por el culo. Llegué al matrimonio virgen y ha sido con el único hombre que he tenido relaciones. Hace dos años que estoy privada de sexo y ya no aguanto más. Sólo me he metido un dedo en la concha pero casi nunca logro acabar. Si bien se la había chupado en algunas oportunidades, nunca acabó en mi boca y por lo tanto tampoco he tragado su semen. Lo más que he probado es el gusto algo salado de alguna gota que salía mientras la lamía pero no llegó semen a mi garganta. Me apasiona la idea de ser vendida.

Ya veo que eres capaz de dar todos los detalles. Respondió Pepe. Mira aquí vienen constantemente a pedirme mujeres para algunos de los prostíbulos de las afueras pero ese no es tu destino. Hace un tiempo vino un ginecólogo de otra ciudad para comprarme una mujer para torturarla en la concha. Como buen ginecólogo conocía a la perfección ese órgano y me comentó que era capaz de infligir castigos terribles. Como ves por aquí pasan los personajes más increíbles

Pepe, acepto ser comprada por un prostíbulo! Podría ser una de las putas más cotizadas del local. No se me había ocurrido pero sin duda sería una manera coger mucho y eso me gusta. No necesito dinero por lo que el dueño podría recuperar lo que pague por comprarme. Eso, ser una puta, a la cual traten como a un objeto y puedan inflingirle castigos puede ser una salida muy interesante, dijo Laura.

No hija, yo no permitiré eso de ninguna manera, comentó Pepe. No creas esas historias en las cuales las putas la pasan bien en los prostíbulos. No creas en la película Belle de Jour de Buñuel. La pasan mal y en especial en estos de las afueras. Allí van hombres de mal vivir, borrachos y todo lo que te puedas imaginar. Yo quiero buscarte un hombre que puede ser rudo, pero educado, que te sientas cómoda cogiendo y estando a su disposición pero no que pasen por dentro tuyo diez pijas diferentes en un día. Como has dicho quizás te hubiese convenido continuar casada. Hay que buscar el hombre adecuado. Déjalo en mis manos.

¿Y el ginecólogo? No está mal ser constantemente castigada en la concha por un ginecólogo. Conoce a la perfección el órgano y seguramente puede hacer muchas cosas en él.

De todas maneras, es probable que Pepe no descarte venderme como puta.

Quizás en alguna otra casa que no sea en esta ciudad. Es posible que en alguna ciudad grande se consiga una casa de citas que pueda interesarle para trabajar en hoteles internacionales.

Sé algo de inglés y de portugués. Es cuestión de averiguar.

Lo lamento Laura, pero, repito, no te venderé como puta. Sácatelo de la cabeza. Debo buscar algo que realmente cubra tus expectativas completas, no solamente tus ganas actuales de coger por la prolongada abstinencia.

En cuanto al ginecólogo, no lo he visto más, pero tu necesitas coger, no que te arruinen la concha.

Pepe, dijo Manuel, me gustaría que sea un vasco o al menos un español.

-Veremos, veremos. Estoy pensando en un danés que una vez me compró una mujer. Sé que la dejó en libertad cuando quedó embarazada. Según dicen cogiendo es una máquina y tiene una casa bien equipada para mujeres como tú.

Pero ahora Laura lo que debes hacer es tomarte unas fotografías con mi amigo Luciano Flash. Es un profesional y te tomará fotos para que yo pueda mostrar lo que estoy vendiendo.

Seguramente tendrá que tomarme fotos totalmente desnuda, mostrando la concha, el culo, en posiciones, digamos atrevidas, ¿no es así? ¿Tendré también que coger con el fotógrafo? Comentó Laura.

No Laura, nunca desnuda y menos mostrando tu conchita. Eso quitaría encanto. Deja que él te guíe. Tampoco coger con el fotógrafo. Te tomará algunas medidas y te indicará si debes depilarte alguna zona íntima. En general las conchas bien depiladas entusiasman a los hombres.

A Laura le hubiera gustado verse humillada debiendo mostrar sus intimidades a un desconocido, mientras le tomaba fotos que, aparte del destino específico de que Pepe dispusiera material para su venta, podía recorrer otros destinos.

Ya mismo lo llamo a Luciano, afirmó Pepe, mientras tomaba el teléfono y concertaba una entrevista con el fotógrafo para esa misma mañana. Ya quién te compre podrá sacarte fotos mostrando tu concha abierta si así lo decide, pero por ahora, sólo fotos, digamos algo insinuantes, pero nada más.

Por lo que veo, continuó Pepe, tu hija se podrá vender en unos 80.000 dólares. Comenzaré pidiendo 90.000. No se ven con frecuencia mujeres así.

Quién busca algo de calidad no tendrá inconveniente en pagar, especialmente con tu renuncia expresa a tu cuerpo y todo eso que los escribanos saben poner. De todas maneras tú como escribana entiendes perfectamente que con ese documento pueden hacer de ti lo que quieran.

-Sí, por supuesto que lo sé. Yo misma lo redacté y luego lo perfeccionamos con los colegas. Quién me compre podrá hacerme absolutamente lo que quiera y cederme en préstamo, regalarme o hacerme trabajar de puta, que tanto miedo te da. Incluso podría venderme para un harén o entregarme a los beduinos, respondió Laura.

- Si te vendiera como puta podríamos sacar mucho más dinero, lo mismo que si te exportara a algún país lejano. Procuraremos que no sea así. Cuando las llevan fueras del país es para explotarlas y torturarlas hasta mutilarlas y reducirlas a un cuerpo sin forma. No haremos eso.

-Como decía, pediré 90.000. Siempre les gusta conseguir una rebaja. Normalmente cobro el 20% de comisión por la venta de mujeres pero en virtud de la amistad que nos une Manuel, te cobraré sólo el 10 % y depositaré la diferencia en tu cuenta apenas se concrete la venta. En cuanto a ti, Laura, conviene que te alojes en el Hotel Nueva Palmira, que sin ser muy lujoso es un buen hotel. No quiero que puedan verte familiares o conocidos mientras estamos en tratativas. Como decía antes y por lo que veo no tienes preferencias en cuanto a quién te compre, que junto con el documento que has firmado y la imposibilidad de quedar embarazada aumenta mucho tu valor. Haremos un buen negocio y tú cubrirás tus necesidades.

Bueno Pepe, no tengo nada más que decirte. Espero tus noticias y avísame cuando la hayas vendido. Estaré esperando y gracias por la rebaja de la comisión, fueron las últimas palabras de Manuel.

-Ahora Laura ve al hotel. Diles que te envío yo y que me encargaré de todos los gastos. Quizás en el hotel quieran cogerte, ya sea algún pasajero o personal del hotel, pero no aceptes. Tienes que mantenerte así por unos días. Descansa un rato antes de ir al fotógrafo para que te salgan unas lindas fotos.

Gracias Pepe. Estoy segura que hará una buena elección. Le recuerdo una cosa. Mi venta debe hacerse ante escribano, aunque no es necesario que yo esté presente ya que perdí todos mis derechos. Otra cosa, con el documento de la transferencia, se puede ir al Colegio de Escribanos y certificar la firma que luego por un trámite ante Cancillería, le colocan la Apostilla de validez en todo el mundo. Luego pueden ir a la policía y pedir un pasaporte que lo extienden con la salvedad que sólo puedo salir y entrar si estoy acompañada de mi tutor. Así puede llevarme a cualquier parte del mundo y luego hacer lo que desee ya que el documento tiene de esta manera validez mundial. No olvide, si le aparece una buena oferta para trabajar de puta, yo estaré contenta.

Así se despidieron los tres, encaminándose Laura al Hotel y su padre a la casa. A la hora convenida fue al estudio fotográfico del señor Flash.

Una vez que se dio a conocer, Luciano la invitó a pasar al estudio propiamente dicho. Detrás de un biombo, donde debía cambiarse había un vestido de noche, bastante escotado que mostraban parcialmente las tetas. Luciano le indicó que comenzarían por ese. Una vez puesto comenzaron las fotos, en distintas poses, todas por demás sugerentes. Siguió una pollera muy corta con una camisa, sin usar corpiño. En algunas de las poses la pollera se levantaba un poco mostrando una bombacha blanca.

Luego siguió el turno de posar en malla de baño. Tanto el corpiño como la tanga de abajo eran de dimensiones extremadamente reducidas, mostrando redondeces muy apetecibles. Finalmente era el turno de ropa interior. El corpiño era uno de los tantos, pequeños, que se ven en las propagandas de estas prendas. Sin embargo la bombacha, también pequeña, estaba hecha de una tela bastante transparente que no ocultaba totalmente el bosquecillo de pelos renegridos por encima de la entrepierna.

-Luciano,¿no me tomarás fotos totalmente desnuda?-

-No es lo que pidió Pepe. Cuando él necesita fotos desnudas, me lo indica.-

-¿y en qué casos te pide fotos de las mujeres desnudas?-

-Cuando se trata de putas para ser vendidas a casas públicas. Entonces sí pide con las piernas bien abiertas mostrando el clítoris, o de atrás separando las nalgas, pero de ti me dijo sólo como te he tomado fotos.-

En total tomó más de sesenta fotografías que luego seleccionaría cuidadosamente. A continuación pasó a medirla, 1 metro sesenta y ocho centímetros de altura, 98 de busto, 63 de cintura 100 de cadera. Sus 61 kilos estaban muy bien distribuidos.

Observándola a través de la bombacha, le indicó que la iba a depilar parcialmente y que lo tomara como muestra para mantenerse así en el futuro. Apenas un muy pequeño vellón quedó arriba de la concha. Todo lo demás fue cuidadosamente eliminado.

-Luciano, comentó Laura, ¿no debería cogerme para completar tu informe? Así sólo podrás dar mis medidas y algún otro comentario pero nada más. -

-Lo lamento Laura, pero soy fotógrafo, no pruebaconchas.-

Terminada la tarea, Luciano inspeccionó cuidadosamente la concha de Laura. Estaba húmeda y parecía que esos labios pedían a gritos ser penetrados. Luego Laura se vistió y volvió al hotel. Ahora debía esperar hasta tener alguna noticia de Pepe. Estaba ansiosa por tener un dueño.

El señor Mendizábal puso manos a la obra y comenzó la búsqueda de inmediato. Enterados los prostíbulos que tenía una mujer para vender lo llamaron reiteradamente solicitándole que les mostrara fotos porque estaban interesados en carne nueva. Pepe sistemáticamente se negó. Encontró al danés que le indicó que en estos momentos tenía una esclava en su domicilio y no quería ni desprenderse de la que tenía ni recibir otra.

Contactó a otras personas que podían estar interesadas en la compra de Laura. Un médico traumatólogo fue el interesado más cercano, Pidió ver las fotos, los antecedentes y todo lo relacionado con la mujer, pero finalmente desistió. ¿Habrá pensado en enyesarla como penitencia cuando no se portara bien? No sabemos, pero el médico no estaba preparado para manejar una esclava semejante.

Luego de otros varios intentos dio con Ramón Núñez, del cual sólo tenía referencias. Se informó algo más y concluyó que si estaba interesado podía ser un posible comprador. Lo llamó por teléfono y Ramón le respondió que quería ver algunas fotos y tener más precisiones. Se citaron para el día siguiente.

A la hora convenida llegó Ramón Núñez, de 35 años, dueño de un tambo de la zona, había cursado el primer año de Derecho, antes de abandonar la carrera. Pidió algunos detalles y Pepe le mostró el acta ante escribano. Luego de leerla, Ramón quedó sorprendido. Esa mujer había ido muy lejos. Evidentemente estaba decidida a todo. Pidió ver fotos de Laura. Luego de ver las más de veinte fotos seleccionadas, pidió algunas donde apareciera totalmente desnuda, a lo cual Pepe respondió que debía guardar la intimidad de la mujer por lo que no se acostumbraba a tener fotos de ellas desnudas.

Por su parte Pepe quiso saber algo más de Ramón. Vivía en las afueras de la ciudad, a unos 10 kilómetros en una espaciosa casa, que contaba en un costado de la misma con un gran salón de juegos, que ahora había sido transformado y en la puerta lucía un cartel que decía: «Sala de Penitencias». Más adelante describiremos el contenido del ex salón de juegos.

Estaba rodeada de un añoso bosque. Más allá comenzaba el tambo del cual era dueño. Había tenido en su casa algunas chicas jóvenes (17 a 22 años) a las cuales debió enseñarles buenos modales a través de castigos. Ahora prefería una mujer que si no conocía buenos modales y como comportarse, los castigos podrían ser mayores.

Pepe le informó que ella estaba esperando someterse a penitencias varias pero por sobre todas las cosas ser cogida. Además le adelantó que sus otras dos entradas prácticamente no habían sido usadas. Al mismo tiempo, Pepe quedó conforme. con el perfil de Ramón. Sería la pareja ideal para Laura. Joven, que estaba en cuanta juerga había en los alrededores, que contaba con una casa muy bien equipada. Ramón había hecho varios viajes a Londres, Dinamarca, Alemania, Los Angeles, Tokio, Karachi, Teherán, Bagdad y Tánger. De cada lugar había traído una buena colección de instrumentos para su Sala de Penitencias. Otros los había mandado a construir ya que tenía mucha imaginación en estas cosas. En Bagdad había conseguido algunas réplicas de instrumentos de tortura usados en la Edad Media.

Ramón preguntó el precio. Le pareció un poco caro y tal como estaba previsto pidió una rebaja.- Te la dejo en 85.000 porque creo que eres lo que esta chica necesita- Respondió Pepe.

-Bueno, de acuerdo, pero primero quiero conocerla. Por ejemplo salir a cenar y bailar.

Un momento!, respondió Pepe. Eso no se acostumbra.

-Mira que 85.000 no es poca plata. Quiero conocer un poco más lo que estoy comprando.-

Esta bien pero con condiciones: sólo a cenar y nada de invitarla con una copa para después cogértela. Sólo para cenar.

Bien, sólo para cenar. ¿Puedes arreglar para esta noche?. Eso sí, que venga con pollera, nada de pantalones. Veo que tiene unas lindas piernas y quiero apreciarlas en directo.

Sí, la llamo enseguida. Si me esperas podemos arreglarlo ya. ¿Te parece bien a las 9?

Sí. Me parece bien. Llámala y dile lo de la pollera.

Se concertó la salida. Ramón pasaría por el hotel a las 9 en punto e irían a cenar a « La Cabaña Escondida», restaurante muy concurrido.

A la hora indicada se encontraron en el hotel, Laura subió al auto de Ramón (un BMW 630) y partieron a La Cabaña Escondida. Quedaban pocas mesas libres y ninguna en lugar apartado, por lo que estarían cercanas a otras mesas. Tomaron asiento y pidieron el menú.

Al promediar el plato de fiambres Ramón preguntó algunos detalles de la vida sexual de Laura.

-Dime, ¿te la ha metido tu ex marido alguna vez por el culo?-

Sólo dos veces. La primera fue al poco tiempo de casarnos. Ambos queríamos experimentar. No sé si por inexperiencia, por culo muy cerrado o pene grande, te diré que me dolió bastante por lo cual decidimos no volver a hacerlo. Sin embargo unos meses después estábamos en pleno juego sexual y a Luis se le ocurrió ponerme vaselina e intentarlo de nuevo. Esta vez entró más fácil y terminó acabando en mi recto, pero en realidad no nos gustó mucho a ninguno de los dos. Esas fueron las únicas dos veces que me penetró «por la puerta de atrás».-

-Y respecto de la felatio. ¿se la has chupado, ha acabado en tu boca?

-La he chupado varias veces, poniéndomela todo lo que podía y lamerla con la lengua, pero nunca acabó en mi boca. El sabor salado de la leche lo conozco porque siempre alguna gota salía cuando la lamía, pero nunca me llegó a la garganta.

-Bien me gusta que hayas venido con esa pollera, bastante corta, porque así será más fácil realizar la prueba que voy a pedirte.

-¿Vas a pedirme una prueba? ¿Te habrá advertido Pepe que no podemos coger. Sólo a cenar.

-Ya lo sé. Lo que tienes que hacer es sacarte la bombacha, aquí en el salón y ponerla arriba de la mesa. Nada de ir al baño. Tendrás que ingeniarte para hacerlo disimuladamente.

-Está bien, voy a cumplir con la prueba.

Lentamente y con movimientos disimulados comenzó a bajarse la bombacha. El primer tramo era el más difícil. Una vez que llegó al muslo se hacía más fácil. Primero hasta arriba de las rodillas, luego en los tobillo y finalmente, sacándose los zapatos, sacó primero un pie y luego el otro., poniéndola cuidadosamente sobre la mesa. Si bien era blanca, como el mantel, las puntillas del borde y su forma no podían confundirse con una servilleta.

De algunas mesa vecinas miraron con curiosidad, aunque no habían visto que era la bombacha que la mujer tenía puesta unos minutos antes. Para el que no pasó inadvertida y no podía sacar la vista de la prenda era el mozo cada vez que se acercaba por el servicio de mesa. Ambos comensales rieron pensando en la sorpresa y quizás excitación del mozo.

Finalmente concluyó el café. Ramón pagó, se puso la bombacha en el bolsillo del saco y salieron. El aire fresco de la noche se hizo sentir en esas partes que ahora, debajo de la pollera, Laura tenía desnudas. La regresó al hotel y se despidieron.

La seguridad con que Laura se había sacado la prenda íntima y la había colocado sobre la mesa, dejándola allí el resto de la cena, indicaron a su acompañante que se trataba de una mujer decidida, que no se amilanaba ante nada. Sería una excelente compañera de sus juegos. Consideró que el incuestionable documento, su nivel cultural y las magníficas formas de su cuerpo eran una oportunidad para no perder.

Al día siguiente Ramón con un cheque de 85.000 dólares le solicitaba a Pepe que hiciera la escritura de transferencia y todos las legalizaciones necesarias, incluyendo el pasaporte, lo más rápido que pudiese.

Todo el trámite demoró como una semana en la cual Laura no sabía qué pasaba, si Ramón seguía interesado o había otros compradores. Estuvo tentada de llamar a Pepe, pero éste, muchas veces de mal humor, podía haberle contestado mal. Mejor era esperar. Pensaba que si se demoraba encontrar un comprador, quizás Pepe podía organizar un remate para venderla.

¿Y si intentaba trabajar como puta independiente?. ¿Estar parada en la rotonda de la ruta, como hacían otras chicas esperando que algún vehículo la levantara?. Descartó la idea. No era una cosa permanente sino ocasional. Para eso era mejor una casa de putas. Lástima que Pepe se negara de esa manera a venderla a un prostíbulo. Lo único que se le ocurría era concurrir a algún gran hotel y ofrecerse como puta para los pasajeros. No sabía si esto era posible o no pero no parecía una idea realizable por lo menos por el momento.

Ya habían pasado más de diez días que se alojaba en el hotel. Estaba impaciente y su concha caliente.

Mientras tanto Ramón acondicionó algunos de los aparatos de su Sala para que todos estuvieran en óptimas condiciones y aprovechó a comprar un par más. …stos y muchos de los que tenía en la Sala estaban diseñados especialmente para ser usados sobre mujeres.

Con todos los documentos en orden, Pepe citó a su oficina a Laura y Ramón para efectivizar la transferencia. Le indicó a Laura, ceremoniosamente, que desde ese momento su cuerpo ya no le pertenecía más y que su dueño podría hacer de ella todo cuánto quisiera como estaba especificado en la escritura de transferencia del famoso documento firmado por Laura. …sta asintió. Comenzaba una nueva aventura, mucho más excitante que cuando se casó hacía siete años.

Con los documentos en manos de Ramón le indicó a Laura que se sacara la bombacha que tenía puesta. Un rubor cubrió su cara. Si bien Pepe estaba al tanto de algunas intimidades de Laura, sacarse la bombacha delante de él, que la había conocido de pequeña, le daba algo de vergüenza.

Sin embargo obedeció. Una vez con la diminuta prenda en sus manos, la pareja se dirigió al auto. Subieron y Ramón abriendo la guantera del auto sacó unas esposas. Laura se estremeció.

-Quiero esposarte con las manos atrás. Pon tus muñecas que te las calzaré ahora.-

Laura obedeció. Juntó sus muñecas y giró levemente en el asiento para facilitar la tarea de Ramón que las ajustó bien, sin que llegara a apretar excesivamente las muñecas de la mujer. Laura estaba sentada en el auto con su espalda contra las manos que las tenía ahora unidas entre sí. Tomó otras esposas y se las colocó en los tobillos. Así no podría dar ni un paso.

Antes de salir a la carretera debieron parar en un semáforo, circunstancia que Ramón aprovechó para palparle su entrepierna debajo de la pollera. Adivinando las intenciones de Ramón, Laura separó ligeramente las rodillas para hacer más accesible su concha, mientras sus tobillos debían permanecer unidos. Unos minutos más tarde arribaban a la casa. Le sacó las esposas de los tobillos y le mostró toda la casa, siempre esposada, evitando pasar frente a la Sala de Penitencias como indicaba un cartel en la puerta.

Finalmente, luego de sacarle las esposas, se dieron una ducha, tomaron una cena ligera y se fueron a la cama. Laura, después de dos años estaba otra vez cogiendo. Ramón estuvo muy activo y finalizada la sesión de sexo y caricias estaban francamente agotados, y durmieron profundamente. Una sonrisa de satisfacción se dibujaba en el rostro de Laura.

En la mañana siguiente, luego de desayunar, Ramón le indicó las tareas que debía hacer. Nada distinto de lo normal en una casa. Ramón saldría y a su regreso pretendía que todo estuviera en orden y Laura lo esperara vistiendo sólo ropa interior y con las esposas colocadas.

Como no sabía cuánto tiempo podía demorar Ramón en su salida, se apuró a tener todo listo muy rápido. Luego se quitó la ropa quedándose con una diminuta bombacha y un corpiño que transparentaba la areola y el pezón. Se calzó las esposas todo lo apretadas que pudo, con los brazos en la espalda y se sentó a esperar.

Luego de pasada una hora desde que ella misma se colocara las esposas, llegó Ramón. Vio que había cumplido la consigna por lo que se acercó, la besó apasionadamente, bajándole la bombacha. Laura estada disminuida en sus movimientos por lo cual Ramón disponía completamente de ella. Poco después la penetraba acabando dentro de la vagina de Laura. A pesar de las circunstancias Laura disfrutó del polvo, el segundo en menos de 24 horas. ¡por fin su concha podría ponerse al día!

Almorzaron y luego de la limpieza de la cocina que debió hacer Laura, que seguía con el corpiño transparente puesto pero ahora sin bombacha, Ramón le indicó que darían una vuelta por el tambo. Se pondría la bombacha, unos pantalones cortos y una remera. Salieron en el auto. Visitaron las instalaciones de ordeñe, dio algunas indicaciones y emprendieron el regreso por un camino distinto. Ramón se desvió hasta un pequeño bosque que quedaba dentro de su campo. Bajaron y caminaron unos metros hasta que Ramón se paró frente al tronco recto y lustroso de un añoso eucaliptus.

-¿Ves este tronco?. Aquí, como castigo por desobedecerme, até a una mujer que había comprado, la azoté con un látigo, dejándole más de veinte marcas en su cuerpo y luego la dejé un día entero atada sin poder siquiera tocarse las partes flageladas. Puedo decirte que a partir de ese episodio muy pocas veces me desobedeció. ¿Te imaginas estar todo el día y toda la noche desnuda y completamente inmovilizada, con el ardor de los azotes en su piel, sola en el medio del campo?. Luego me confesó que pasó gran parte del tiempo llorando de arrepentimiento y de miedo.

Laura miró el tronco largo rato en silencio. Se estaba viendo desnuda, atada a ese mismo tronco. El mensaje de Ramón era claro y muy pronto comenzaría a ejercer el derecho que le daba el documento que tenía en su poder. Todavía ignoraba la existencia de la Sala, aunque no por mucho tiempo.

Regresaron a la casa a las seis de la tarde. Mirando la hora Ramón le indicó a su compañera que higienizara todas las partes del cuerpo que quería revisarla. Lo haría sobre la mesa del comedor.

Laura se bañó, cuidando especialmente la concha y el culo y así desnuda se dirigió dónde estaba Ramón. …ste le indicó que se acostara sobre la mesa boca arriba y procedió a su revisación. La misma era, como ocurre en estos casos, una excusa para manosearla y eventualmente aplicarle algún castigo si no encontraba todo en orden.

Revisó su cara, las tetas, el vientre que estuviera depilado como había sido indicado, los pies, las rodillas y finalmente la concha. Le abrió bien los labios e investigó a fondo su limpieza. En esta parte de su cuerpo se detuvo varios minutos. Finalizada la inspección del frente le ordenó darse vuelta y que quedara boca abajo.

Revisó el cuello, la espalda, los muslos, las plantas de los pies, dejando para el último la investigación del culo, Le separó las nalgas todo lo que pudo a fin de observar adecuadamente el esfínter. Le indicó que lo dejara bien flojo porque quería introducirle un dedo. Laura hizo el mayor esfuerzo para no moverse ni cerrar el culo mientras le introducía el dedo índice. Una vez adentro le indicó que apretara todo lo que pudiese el agujero que él sacaría el dedo. Si bien la introducción le había resultado dolorosa, el retirar el dedo con el culo bien apretado también le resultó doloroso pero soportó todo sin quejarse.

-Bien, has pasado satisfactoriamente la prueba de la higiene. Quiero que estés siempre muy limpia como te acabo de encontrar. Ahora prepara la cena que quiero que vayamos a la cama temprano para volver a cogerte, le indicó Ramón.

La mañana siguiente, luego de desayunar Ramón le comunicó que la pondría en penitencia. Laura pensó que seguramente era una manera de iniciar algún juego sexual. Sin embargo le colocó un collar y la condujo a la Sala de Penitencias. Laura se sorprendió al ver el cartel en la puerta ya que desconocía la existencia de este lugar. Al abrir la puerta y encenderse las luces, sintió un frío que le recorrió la espalda desde el culo al cuello.

Se podía observar en el centro una columna redonda de unos 60 centímetros de diámetro, una mesa rectangular de madera de generosas dimensiones con argollas en sus bordes, otra mesa con bandas metálicas, una tercera en forma de X también con argollas en sus bordes, una cruz de San Andrés montada sobre un eje que permitía ponerlo en cualquier posición, caballetes de varios modelos, lo mismo que cepos de distinto tipo, uno de ellos giratorio, escaleras, una reja metálica, un sillón que podía volcarse a cualquier ángulo, sogas y cadenas pendientes del techo con aparejos manuales o eléctricos. Completaba el amoblamiento unos armarios y estantes que cubrían una de las paredes, en los cuales se guardaban gran cantidad de aditamentos para las penitencias. A Laura le llamó la atención varios aparatos electrónicos que estaban sobre un estante pero no se atrevió a preguntar qué eran. Imaginaba que su uso no sería agradable para quién recibiera el castigo.

De pronto comprendió que su cuerpo pasaría por todos esos aparatos y su cuerpo estaría visitado por los elementos de los armarios y estantes. Sintió un poco de miedo.

Ramón le indicó que se desnudara completamente y pusiera su espalda contra la columna. Primero le pasó una cuerda por una de las argollas del collar y la anudó detrás de la columna. Quedaba así parcialmente amarrada. Una mordaza de goma ocupó su boca impidiéndole emitir sonido alguno. Dos vueltas de cuerda unían el poste con su cuerpo pasando justo debajo de las tetas, levantándolas parcialmente.

Sus muñecas también fueron atadas detrás del poste. Unos grilletes con una cadenas de 70 centímetros fueron ajustados a sus tobillos, mientras con una cuerda que pasaba por detrás del poste le mantenía las piernas separadas. Su inmovilidad era casi total. Ramón le anunció que saldría por un rato, por lo cual debería esperarlo allí. Laura quiso pedir que la liberara pero la mordaza en la boca impedía cualquier reclamo. Ramón dejó las luces encendidas, pero cerró la puerta con llave, más como una señal de encierro que de seguridad ya que Laura no podría salir de la posición en que estaba.

Comenzó a mirar con detenimiento el lugar. Frente a ella, un poco a la izquierda había un caballete. Este aparato estaba construido de madera con dos X en los extremos y un travesaño compuesto de un tirante de 6 pulgadas por lado, pero que sobre el mismo podía montarse otro tirante de sección triangular con un vértice hacia arriba.

Laura se veía atada de distintas maneras a ese caballete pero no imaginó que algún día estaría montada a caballo sobre el tirante triangular, con sus manos en alto atadas a las ramas superiores de la X y sus piernas a las ramas inferiores mientras su sexo se apoyaba, con todo el peso de su cuerpo, en el filo del tirante triangular.

Más allá miró hacia los cepos. Se veía con la cabeza y las manos entre las gruesa maderas, lo mismo que sus tobillos, con su cuerpo expuesto al látigo u otros instrumentos que se quisiera usar sobre ella.

Le seguían intrigando esos aparatos electrónicos que estaban sobre los estantes. La llaves y los cables le hacían presumir que no sería nada agradable para quién tenía que soportar su uso. Miraba la Cruz de San Andrés giratoria y se veía sí misma atada en las muñecas y los tobillos mientras Ramón hacía girar la cruz para dejarla cabeza abajo o azotando su vientre con alguno de los látigos que había observado sobre los estantes o detrás de las puertas vidriadas de los muebles.

Comenzó a tomar a tomar plena conciencia que si bien era penetrada dos o más veces al día, que le permitía recuperar parte de los dos años de abstinencia, también iba a sufrir siendo la esclava de un hombre con imaginación y poder para someterla.

Estuvo más de dos horas en estas cavilaciones hasta que llegó Ramón de vuelta, quien comenzó a desatarla. Luego de sacarle la mordaza de la boca, persistía el dolor en la articulación maxilar por todo el tiempo que forzadamente permaneció ocupada por la bola de goma. Sin mediar otras palabras le ordenó que se vistiera y preparara el almuerzo. Por la tarde tendría una larga sesión de sexo en el dormitorio.

Pasaron los días con penitencias parecidas pero aun no había probado el látigo ni otros castigos. Se había limitado a atarla de diversas maneras, todas por supuesto muy incómodas, pero sin castigos mayores.

En las dos semanas que llevaba en la casa de Ramón había sido penetrada por el culo varias veces. El dolor que le provocó las primeras veces que lo hizo se fue superando y ya no le importaba si la penetraba por adelante o por detrás. También conoció el sabor del semen ya que Ramón acabó varias veces en su boca exigiéndole que tragara su leche. Poco a poco Laura se estaba acostumbrando a cosas que quizás no había imaginado.

Una mañana no le permitió desayunar porque, según le anunció «iba a abusar de su cuerpo por lo cual era mejor que estuviera con el estómago vacío». Laura comprendió de inmediato que le esperaba algo nuevo y seguramente doloroso.

Voy a colocarte argollas en los pezones y en l clítoris. Te va a doler un poco y te molestará por unos días pero luego te acostumbrarás. Laura reconoció para sus adentros que estaba en todo su derecho. Fueron a la Sala donde se desnudó completamente. Luego la hizo acostar el la mesa con forma de X. La ató prolijamente para evitar todo movimiento para que cuando él trabajara con los elementos punzantes no la lastimara.

Ahora Laura estaba desnuda, completamente inmovilizada, con su sexo abierto y los pezones listos para recibir primero la aguja abridora y luego las argollas. Ramón la besó en la boca y luego le concedió sendos besos en la tetas. A continuación tomó la aguja y comenzó la perforación en el seno izquierdo. Laura contenía la respiración en un esfuerzo por no gritar por el dolor que le provocaba la punción. Finalmente la aguja apareció del otro lado de donde se había introducido. El primer paso estaba dado. Dejó a allí la aguja y tomando otra se dirigió a repetir el procedimiento en la teta derecha.

Ramón observaba su obra. Las dos tetas de Laura estaban atravesadas por agujas abridoras. Apenas una minúscula mancha de sangre podía observarse sobre la piel. Ahora era mejor ir al clítoris y proceder de manera similar. Si bien el tejido a atravesar era mucho menor, no menos cierto es que se trata de una parte muy sensible. Tomó una aguja un poco más fina, la argolla sería más pequeña, y comenzó a perforar. En esta oportunidad Laura no pudo contener un grito de dolor mientras las lágrimas brotaban de sus ojos. Dejó clavada la aguja y procedió a perforar el otro labio interior. La queja de Laura se repitió como en el caso anterior. Ahora Ramón procedería a perforar los labios exteriores para colocar en ellos dos argollas en cada labio.

La parte más dolorosa del tratamiento estaba hecha. Ahora tocaba colocar las argollas en sus respectivos lugares. Ramón retiró la primera aguja e insertó la argolla, cerrándola. Así procedió con las restantes. A partir de este momento Laura luciría dos argollas de 35 milímetros de diámetro atravesando sus pezones y dos de 20 milímetros atravesando cada uno de los labios del clítoris y cuatro de 40 milímetros atravesando los labios de la concha.

No le retiró de inmediato las ligaduras que fijaban a Laura a la mesa hasta tanto observara que se había tranquilizado y gran parte de su dolor había sido superado. Esa tarde Laura pasó un buen rato mirándose al espejo para observar los adornos que le habían sido impuestos.

Esa noche fue una fiesta para ambos. Tuvieron sexo varias veces y a Laura le fue permitido dormir toda la noche en la cama de Ramón, cosa que no estaba ocurriendo últimamente, debiendo hacerlo en una habitación vecina, generalmente esposada, cuya puerta permanecía cerrada con llave hasta que Ramón decidía abrirla.

Una mañana, fue llevada a la Sala. Debió desnudarse completamente como lo hacía cada vez que entraba en el recinto. Ramón le ató las muñecas juntas y luego las unió a una de las sogas pendientes del techo y comenzó a tirar de la misma para elevar el cuerpo. Cuando sus puntas de pies dejaron de tocar el suelo detuvo el izamiento.. Ahora Laura estaba colgada, por primera vez de las muñecas. También sería la primera vez en ser azotada.

Ramón buscó un látigo corto. de tiento mediano. Se lo mostró a Laura y le indicó que la azotaría con ese instrumento, primero en el culo y la espalda. Se pudo detrás de ella y unos instantes después se escuchó el sonido del látigo golpeando la piel. El primer azote estaba dirigido al culo. Si bien no era inesperado ya que se le había avisado, no por eso fue menos doloroso. Laura no pudo contener un grito de dolor. Siguieron tres más dirigidos a ese sitio. Luego cuatro en la espalda. Cada azote estaba acompañado de un gemido. Ahora Ramón estaba de frente a Laura. Las lágrimas brotaban de sus ojos e imploró que detuviera el castigo. Ramón le dijo que no, que ahora era el turno de su parte delantera.

Laura apretó los labios para no gritar cuando Ramón levantó el látigo. El primer azote estaba dirigido al vientre, un poco más abajo del ombligo. Los tres siguientes se acercaron a la entrepierna. Laura gemía angustiada. Quedaban aun los cuatro azotes que Ramón aplicaría sobre las tetas. Fueron otros cuatro gemidos de Laura y abundantes lágrimas. Solo luego de varios minutos, aflojó la cuerda de la cual pendía y le permitió apoyarse en sus propios pies

Ese sufrimiento tuvo su compensación. Luego de una rato y pasada la angustia y el primer dolor, Ramón la penetró primero por la vagina y acabó allí mismo, Luego se la hizo chupar para excitarlo y se la metió por el culo, acabando en el recto y finalmente, luego de otra buena lamida, acabó en su boca.

Habían comenzado para Laura los primeros castigos fuertes. Ella sabía que serían muchos nuevos antes de volver a repetirse. Había mucho material en la sala que todavía no había sido probado por ella. Los días se sucedieron entre cogidas y castigos, cuya intensidad iban en aumento. Justamente esa misma mañana iba a ser colgada de los tobillos cabeza abajo. Luego de colocarle un arnés que rodeándole el tronco de su cuerpo por debajo de las tetas, donde se ajustaba con una hebilla , otras dos correas que pasaban por sus hombros para evitar que la que rodeaba su cuerpo se deslizara hacia abajo. Finalmente sus brazos cruzados en la espalda eran amarrados al arnés con tres correas. Una tomaba la muñeca izquierda con el codo derecho y se amarraba con otra hebillas. Lo mismo con la muñeca derecha y el codo izquierdo y finalmente una correa a la altura de la columna vertebral tomaba las partes medias de los antebrazos.

Laura quedaba así con los brazos fijos en su espalda. Luego varias vueltas de una cuerda unían sus rodillas y finalmente otra cuerda ataba sus tobillos. Una cadena pendiente del techo, que terminaba en un mosquetón se unió a la cuerda de los tobillos, y comenzó el ascenso. Unos instantes después Laura estaba con su cabeza a 50 centímetros del piso.

Ramón comenzó a jugar con las argollas de la vulva, luego con las de las tetas, le separaba las nalgas y le introducía un dedo en el culo, volvía a las argollas. Laura era abusada sin tener la menor posibilidad de resistirse, pero no se quejaba ni gemía. Aceptaba pacientemente el castigo, que sin motivo y sólo para satisfacer su deseo, le estaba aplicando Ramón, quién unos minutos después tomó una fusta y le aplicó algunos azotes en el culo y las tetas. Es semejante posición Laura permaneció más de una hora en la cual estuvo completamente a merced de los caprichos de Ramón. En ningún momento cuando preparó el documento de su propia esclavitud ni cuando finalmente fue vendida pensó que en algún momento se encontraría en la posición que debía soportar ahora. Transcurrido el tiempo indicado Ramón la bajó. le desató los tobillos y las rodillas pero no los brazos y procedió a penetrarla.

Por la tarde Ramón le preguntó:
-¿Cuál ha sido el castigo que más te ha dolido o que te has sentido más humillada?

-Ramón, puedes hacerme lo que quieras que estás en tu derecho,- respondió

-Ya sé que estoy en mi derecho pero te he preguntado otra cosa. Responde mi pregunta ¿o es que quieres nuevos castigos?

-Los azotes que me aplicaste en el vientre, las tetas, el culo y la espalda, todos de una vez fue lo más doloroso. ¿los vas a repetir?-

-Por supuesto! sobre todo las marcas en el vientre me excitan. Además tenemos muchos aparatos que todavía no he usado contigo. Quiero estrenarlos para alguna ocasión especial, que recuerdes la penitencia por siempre.-

-He visto en la Sala un caballete cuyo a cuyo travesaño se puede adosar una madera triangular. ¿Para qué es?-

-Ya lo verás. No pensaba usarlo tan pronto contigo, pero ya que quieres saber para qué es, te lo demostraré mañana a la mañana. Tu conchita va a sufrir mucho.-

Laura guardó silencio. No podía imaginar cómo con el caballete se podía castigar su conchita, hasta que de pronto se puso pálida, entendiendo cómo sería el castigo.

-Bueno ahora quiero que te pongas este consolador en el culo, bien profundamente. Puedes lubricarte con vaselina ya que es de buen diámetro. Luego deberás permanecer sentada en ese sillón para evitar que se salga.-

El consolador era de forma cónica con la punta redondeada, su base medía unos 6 centímetros de diámetro, algo enorme para el ano. Con dificultad (y mucho dolor) Laura finalmente se lo introdujo. Se sentó en el sillón con lo cual penetró un poco más. Ramón no la ató ni le introdujo ninguna restricción. Quería que Laura aprendiera a obedecer aunque sintiera un intenso dolor en el culo. Sólo al atardecer le permitió que se retirara el dilatante aparato del culo.

Tal como se lo había prometido a la mañana siguiente se dirigieron a la Sala para montar a Laura en el caballete. Posiblemente fue una de las pocas veces en que verdaderamente sintió miedo al castigo.

Desnuda como estaba montó en el caballete subida a dos estribos que le permitía no apoyarse todavía en la concha. Ramón le separó los labios y le indicó que bajara su cuerpo hasta apenas apoyar el filo entre los labios del clítoris. Le ató firmemente las muñecas a la parte superior de la X y procedió a aflojar los estribos de manera que los pies de Laura quedaron sin apoyo. Ahora todo su peso descansaba en las delicadas partes de su entrepierna. De momento Laura si bien sintió algún dolor, pensó que pronto pasaría. En la realidad ocurrió lo contrario. Pasaban los minutos y el dolor se hacía insoportable y si quería cambiar de posición sólo lograba seguir castigando sus intimidades. Luego de unos minutos trató, haciendo fuerza con sus brazos, aliviar su dolor en la concha pero no pudo soportar el esfuerzo y se dio por vencida, apoyando, decididamente todo su cuerpo en la concha. El dolor era intenso.

Cuando finalmente Ramón la retiró del caballete, las lágrimas de Laura habían humedecido su mejilla y sus tetas. Siguió de inmediato la inspección de la zona castigada. Estaba roja, hinchada y con signos de haber alcanzado lugares muy sensibles. Ramón tuvo compasión y a pesar de la calentura que tenía no se la cogió por vagina, sino por el culo, algo menos afectado por el castigo. Por compasión o por olvido en esta oportunidad Laura no había sufrido los embates del látigo Quizás por la tarde fuera castigada con ese instrumento.

Por la tarde fue llevada nuevamente a la Sala de Penitencias. Ahora Ramón la condujo a la Cruz de San Andrés que, como se indicó antes, estaba montada sobre un eje. Primero e ató las muñecas en lo alto, luego los tobillos. Una cuerda pasaba por su cintura y muy apretada la anudó en las argollas que tenía la cruz. Otras cuerdas le fijaron las rodillas y finalmente sus hombros fueros ajustados fuertemente contra la cruz.

Ahora Ramón destrabó la cruz y la hizo girar lentamente hasta que Laura estaba cabeza abajo. Realmente era un aparato ingenioso. Podía ponerla en distintas posiciones, pero por ahora sólo estaría cabeza abajo. Tomó un látigo y estudió el mejor lugar del cuerpo de la víctima para descargarlo. Eligió el vientre, apenas por encima de la concha. Allí fue el primer azote. Le siguieron varios más que cayeron sobre las tetas, los muslos y el vientre.

Laura no recordaba haber sido flagelada con ese látigo. El dolor que le provocaba era no solamente intenso sino que dada la sensación que penetraba en su carne. Casi de inmediato aparecían gruesa marcas color carmesí. Ramón, lenta pero implacablemente seguía castigando a Laura. Los lugares preferidos para descargar los azotes eran las tetas y el vientre, pero cuidó no descargarlo sobre la concha, aunque la tenía expuesta. Terminada la flagelación volvió a colocarla con la cabeza para arriba y le ajustó dos fuertes pinzas en los pezones que le hizo dar un grito profundo a Laura. A las pinzas se le adicionaron pesas, por lo que los pezones y las tetas quedaban estiradas y doliendo...

A media tarde nuevamente Ramón hizo girar la rueda y otra vez cabeza abajo. Laura, desde su posición invertida vio acercarse a Ramón con un látigo distinto al usado un rato antes. Su concha abierta era una invitación a castigarle esa íntima parte. Unos diez azotes cayeron entre las piernas abiertas de Laura. Su concha recibía de lleno el castigo. En esa posición la dejó algo más de media hora, la desató, le permitió recuperarse, la acarició durante un largo rato y la penetración, facilitada por la preparación previa, fue por demás placentera para Laura lo mismo que el orgasmo que sobrevino, a pesar de lo sensible que tenía sus intimidades por el castigo que acababa de recibir.

Unos días después de lo narrado llegaron a la casa dos nuevos equipos. Uno era una jaula con barrotes de acero de un metro de altura, sesenta centímetros de ancho y un metro sesenta de largo. Obviamente estaba destinada a dejar encerrada en la misma a Laura. Sus reducidas dimensiones no le permitirían mayores movimientos. La ubicó en la habitación en la cual normalmente dormía y en la cual Laura debía pasar parte del tiempo, ya que ex profeso no había ninguna celda en la casa. Ahora habría, además, una jaula.

El otro equipo que llegó fue instalado en la Sala de Penitencias. Era una cruz romana que tenía un aditamento cilíndrico un poco más alto que la entrepierna pero que podía subirse o bajarse unos centímetros mediante un tornillo y que podía retirarse si así se requería. En la parte inferior contaba con una pequeña tarima destinada a apoyar los pies mientras la esclava era «crucificada» . Esa tarima podía subirse o bajarse por medio también de un tornillo. Muy pronto Laura sería amarrada al equipo.

Laura vio la llegada de ambos aparatos y una profunda amargura la invadió. Era evidente que sería encerrada en la jaula como un animal, posiblemente encadenada. Si bien no sabía que tenía pensado Ramón hacer con la cruz, suponía que ella la iba a estrenar.

Luego de cenar, tuvieron una larga sesión de sexo. Laura ya acostumbrada a que podía ser penetrada por el culo, casi a diario se hacía una enema para desocuparse el intestino. Ese noche comenzó con el pene en la boca, siguió por el culo y terminó en un magnífico orgasmo en la vagina. Finalizado el juego, Ramón le indicó que esa noche dormiría en la jaula. Se cumplía un temor de Laura. No pronunció palabra y se dirigió directamente a la puerta de la misma. Antes de entrar, Ramón lo colocó esposas en la muñecas y los tobillos, junto con una cadena que unía su collar con uno de los barrotes de la jaula. Laura tenía ganas de llorar.

Ramón estaba en su derecho de hacerlo, pero ella hubiera preferido pasar la noche en la cama de Ramón, aunque tuviera que estar desnuda y encadenada, pero cerca de su dueño. Con estas cavilaciones, quedó dormida.

Pasaron dos o tres días sin muchas novedades. Laura pensaba que Ramón se había olvidado de la cruz, lo mismo que de los aparatos electrónicos que tenía sobre un estante. Sin embargo no era así. Ramón tenía buena memoria, especialmente para estas cosas, sólo que había querido dejar descansar y reponerse a su esclava.

Fue así que esa mañana, luego de desayunar, le comunicó que sería crucificada hasta mediodía. Laura tuvo miedo. La cruz le impresionaba, sin embargo se dirigió a la Sala de penitencias, se desnudó al entrar, como era reglamentario y caminó directamente hacia la cruz, esperando las indicaciones de Ramón.

-Súbete a esa pequeña tarima, de espaldas a la cruz, con los brazos extendidos sobre las maderas.-

En silencio, Laura obedeció. Sintió una cuerda que se arrollada a su muñeca junto con la madera de la cruz, Luego la otra muñeca. Una cuerda debajo de las tetas, bastante apretada le mantenía su espalda amarrada a la cruz. Finalmente los tobillos.

La posición no era demasiado incómoda, pero de pronto sintió que la tarima en la cual estaba apoyada descendía, con lo que quedaba colgada de sus brazos. Intentó moverse para acomodarse mejor, pero no pudo. Estaba crucificada y con todo su cuerpo expuesto. Las muñecas ya comenzaban a dolerle, sin embargo, siendo las nueve de la mañana, debía esperar en esa posición hasta las doce. Serían tres largas horas.

Mientras tanto Ramón jugaba con sus pezones, pellizcaba los labios exteriores de su vulva, iba a las axilas, otra vez a las tetas. A Laura le caían algunas lágrimas. Lloraba por dolores en su cuerpo, pero también por impotencia de verse sometida a semejante trato y no poder hacer nada. Cuatro azotes muy fuertes marcaron nuevamente su vientre. No quería implorar para que cesara el castigo. Ella era una mujer que había tomado una decisión con la firma del famoso documento y ahora no iba a demandar piedad.

Cuando dieron las doce en el Carrillón del comedor, Ramón comenzó a desatarla. Tenía las manos dormidas y algo moradas por la falta de circulación. Se observaban nítidamente las marcas de las cuerdas que la habían retenido contra la cruz.

-La próxima vez que te crucifique, le advirtió Ramón, te azotaré desde las tetas hasta los tobillos Quizás te haga marcas con hierros calientes. Hoy ha sido solamente un pequeño entrenamiento. Ya verás que esa cruz tiene varias posibilidades, pero ahora lo mejor será cogerte porque la visión de verte allí, me calentó.-

Luego de gozar del cuerpo de Laura, le indicó que preparara el almuerzo. Así lo hizo, para que luego de acomodar y limpiar la cocina fuera conducida nuevamente a la jaula. Ahora tenía esposas en los tobillos y en las muñecas detrás de la espalda. Finalmente un candado unía ambas esposas debiendo permanecer en tan incómoda posición hasta que Ramón le permitiera salir de la jaula cuya puerta ahora cerraba con llave.

Llevaba aproximadamente dos meses en la casa de Ramón y quiso hacer un balance de su tiempo en ese lugar .
Recordaba que cuando llegó estaba ansiosa por coger. Ahora era penetrada por lo menos una vez al día por vagina. Recordaba también que nunca antes había tragado semen, ahora no menos de una vez por semana bebía la leche de su amo, sin contar las innumerables veces que la había chupado sin que llegara a acabar en su boca. Su culo, que era estrecho al llegar ahora, luego de las frecuentes penetraciones del pene de Ramón y de los diversos objetos que debió recibir en su interior ya no era tan estrecho.

Su concha que estaba permanentemente afeitada y la desnudez casi permanente de su cuerpo ya no la sorprendían a sí misma. Las argollas que atravesaban sus pezones y el clítoris, las marcas de los azotes en el vientre y las tetas tampoco ya le llamaban la atención. En sólo sesenta días cómo había cambiado su cuerpo! y podía imaginarse que podía cambiar más todavía porque Ramón tenía nuevas ideas.

Ahora estaba en una jaula, encadenada como un animal peligroso. Cuántas experiencias vividas. Siempre le habían gustado las aventuras. No cabía duda que estaba embarcada en la aventura más apasionante de su vida. Después de todo, a pesar de algunas vejaciones su sexo era satisfecho con frecuencia.

Ahora se preguntaba cuál sería el próximo castigo que debía sufrir. Recordaba el árbol al cual alguna vez otra esclava de Ramón fue atada y esos aparatos electrónicos...¿que serían? ¿que podrían hacer sobre su cuerpo?. No tenía idea pero consideró que era mejor no preguntar y esperar a que Ramón decidiera usarlos sobre ella. Ahora debía aguardar que Ramón volviera para que le quitara las esposas y le permitiera salir de la jaula.

Luego de unos días de lo relatado anteriormente, Ramón le dijo a Laura que saldrían a recorrer el campo.

-¿Tú conoces lo que son los sulkys?-

-Sí, por supuesto.-

-Pues saldremos a recorrer el campo en sulky. Yo iré montado en el carro y tú tirarás del mismo como una yegua.-

-¿Cómo?.¿Me atarás a las varas del sulky para que lo arrastre como una yegua?-

-Exactamente. ¿No has oído hablar de las ponygirls? Bueno, serás eso. Te colocaré un arnés adecuado, un freno en la boca y te ataré al las varas del sulky. Para que respondas adecuadamente llevaré el látigo que castigará tu culo si no trotas adecuadamente. Unos cencerros colgados de las argollas de las tetas anunciarán tu paso.-

Laura bajó la cabeza. Nunca había imaginado semejante cosa. Ya Ramón tenía en sus manos un arnés parecido a un corsé que comenzó a ajustar en el cuerpo de Laura. Luego debió abrir la boca para que le colocara el freno y las riendas. Las dos campanitas se fijaron en los pezones. Finalmente le ató los brazos y el corsé al sulky. Le ordenó salir a trotar.

Afortunadamente los caminos internos del tambo eran suficientemente lisos como para que el carro se deslizara con el esfuerzo que podía hacer Laura para arrastrarlo. De tanto en tanto un latigazo en el culo le recordaba que debía mantener el ritmo. Sólo el vientre y parte de la espalda estaba cubierto por el arnés. El resto de su cuerpo estaba desnudo y se estaban acercando a la zona de ordeñe del tambo, dónde seguramente habría varios hombres trabajando. Por efecto del calor reinante, el ejercicio físico y la vergüenza de presentarse así ante los peones hacían que transpirara abundantemente y chorros de sudor bañaban su cuerpo.

Al llegar a la zona de ordeñe, todos dejaron de trabajar para mirar a la yegua que arrastraba el sulky del patrón. Alguna sonrisa maliciosa ocupó el rostro de los peones. Ramón, inmutable, les preguntó si había alguna novedad y cómo había sido la producción de leche esa mañana.

-Como siempre patrón. Sacamos 300 litros de las 168 vacas.-

-Bien, parece que tenemos buena producción. Volveré para el casco enseguida. Esta yegüita me llevará rápido- Y levantando el látigo le dio un sonoro golpe en el culo.

Laura emprendió el regreso. Lloraba de cansancio, de transpiración y de vergüenza. Tener que estar así, desnuda y atada a un carro era una humillación que nunca pensó que debería soportar. Mientras trotaba de regreso y las campanitas de sus tetas hacían sonar su agudo tintineo, pensaba que esto ero la máxima degradación que Ramón podía haber ideado para ella.

Al llegar a la casa, Ramón la desató, le retiró los aditamentos y restricciones y le ordenó bañarse abundantemente para sacarse el sudor y el polvo que se había pegado en el paseo. Laura estaba hambrienta pero debió conformarse con maíz que estaba en un bol en el suelo.
Luego debió pasar el resto de la tarde parada, con los brazos atados a la rama de un árbol y, por supuesto, totalmente desnuda.

Recién cuando caía la tarde tuvo su compensación. Ramón se acercó dónde estaba atada y en la posición en que estaba, la penetró por la vagina descargando su leche en el interior. Ya por la noche vendría la segunda vuelta, en la cual Laura recibía la visita del pene en sus tres posibilidades.

-Deberás estar más entrenada. No es posible que te canses tan pronto. Veo que deberé hacerte correr muy frecuentemente atada al sulky para que desarrolles más fuerza en las piernas. Esta penitencia me ha resultado gratificante. La volveremos a repetir.-

Durante esa noche Laura se despertó varias veces. Su rostro estaba mojado. Lloraba aun dormida de la humillación sufrida. Prefería ser castigada con el látigo, colgada de sus muñecas o tobillos pero no arrastrar el carro, desnuda, delante de los hombres que ordeñaban las vacas.

El día siguiente fue muy tranquilo. Al levantarse Ramón se echó un polvo rápido ya que estaba algo apurado por salir. Debió hacer las cosas de la casa y aguardar su llegada. Alrededor de media tarde arribó su amo y luego de acariciarla largo rato, besarla en la boca y en las tetas, la desnudó (estaba con un sencillo vestido y tenía bombacha como única prenda interior, y la penetró con movimientos muy lentos para prolongar el goce. Finalmente ambos acabaron con un orgasmo memorable.

La mañana siguiente casi no le permitió desayunar. Le indicó que la penitencia de esa mañana sería con un aparto nuevo para ella que seguramente había visto sobre un estante. De inmediato Laura pensó en esas dos cajas negras con cables. Finalmente sabría qué le hacía sentir.

Ramón le explicó que usaría uno de ellos en esta oportunidad, el Electrobody. Este aparato permitía hacer pasar corriente eléctrica por el cuerpo de la penitente. No era ni más ni menos que una picana eléctrica sofisticada.
Laura debió acostarse boca arriba sobre una mesa metálica. Sus brazos, sus tobillos y su cintura fueron ajustados por bandas también metálicas. El paso siguiente era conectar unos de los polos a la mesa y el otro a una barra metálica con un mango aislante. Ramón conectó el aparato y reguló unas perillas. Ya estaba todo listo para comenzar.

La primer parte que tocó fue la planta de los pies. Laura instintivamente trató de retirar el pie, escapando de la barra metálica, pero por supuesto el pie no se movió. Subió hasta la rodilla donde volvió a tocar por muy poco tiempo. Luego siguió con las axilas, los codos las manos.

Poniendo un poco más de potencia, comenzó el recorrido nuevamente, pero ahora pasando también por el interior de los muslos. Por el vientre y subió hasta las tetas. Le tocaba las argollas con la punta electrificada con lo cual el contacto era muy efectivo. Laura apenas podía contener los gemidos mientras abundantes lágrimas brotaban de sus ojos.

Comenzó a bajar nuevamente, el ombligo recibía insistentes descargas. Siguió bajando y llegó a la concha. Allí también se detuvo tocando las argollas. La tortura ya le era insoportable para Laura que pedía que cesara el castigo mientras su cuerpo se convulsionaba.

Ramón finalmente apagó el aparato y comenzó a acariciar a Laura. …sta se calmó muy rápidamente. Las caricias en su concha la empezaban a calentar hasta que Ramón finalmente, viendo lo húmeda que estaba decidió penetrarla sobre la mesa, manteniéndola atada como estaba. Se introdujo sin dificultad. Todo el conducto vaginal estaba lubricado por flujo. Acabaron casi juntos. Laura ahora sonreía y le pedía que no retirara el pene de su interior.

Finalmente la sacó para que lo chupara y nuevamente se endureciera. Apenas estaba nuevamente en condiciones, la penetró nuevamente. Laura estaba en el éxtasis. Muy pocas veces había sufrido tanto momentos antes y disfrutado tanto ahora. Finalmente la desató. Laura le pasó los brazos por el cuello a Ramón y lo besaba reiteradamente, agradeciéndole todo lo que hacía por ella.

Se reiteraba el sentimiento de Laura. Se estaba cumpliendo lo que ella quería y había firmado. Si bien era castigada dolorosamente, las caricias y las cogidas lo compensaban ampliamente. Estaba tan feliz y veía tan satisfecho a Ramón mientras la castigaba que le dijo a su amo que esa misma tarde usara el Electrobody nuevamente sobre su cuerpo. Ahora podría probar en el culo y llegar nuevamente a su concha. Laura estaba segura que Ramón disfrutaría del castigo que así podría aplicarle.

Sin embargo Ramón tenía preparado otro castigo. Una tarde la llevó a la Sala y la acercó a la cruz, pero esta vez un palo de unos 5 centímetros de diámetro atravesaba la madera principal. Le vendó los ojos con una tira negra. Laura se acercó de espaldas a la cruz, teniendo la madera entre las piernas. Ramón le ató las muñecas al travesaño, bajando luego lentamente la pequeña plataforma dónde apoyaba sus pies. Todo su cuerpo descendía hasta que sintió que su concha comenzaba a apoyarse sobre la madera . Así todo su peso estaba sostenido por el palo que cruzaba la columna de la cruz, comprimiendo su concha.

Unas esposas ajustadas a sus tobillos por detrás de la cruz evitaban toda posibilidad de sostener parcialmente su cuerpo. Muy poco después Laura comenzaba a sentir un dolor persistente un su parte más íntima. Sin embargo sabía que sería inútil pedir perdón u otro pedido de clemencia. Debería soportarlo hasta que Ramón decidiera bajarla.

Sólo sintió los pasos de Ramón primero alejándose y luego volviendo hacia ella. Supo qué había ido a buscar Ramón cuando su vientre recibió un fuerte latigazo. Más de una docena de fuertes azotes recibió en las tetas, el vientre y los muslos. Gruesas marcas rojo cereza aparecieron sobre su cuerpo.

Ya no sabía si era más intenso el dolor de su pobre concha soportando todo su peso, las cuerdas que sujetaban sus muñecas o de los azotes que recibía. Tuvo un pequeño descanso mientras Ramón fue en busca de otro látigo, algo más largo y grueso para dejar marcas más duraderas en el cuerpo de Laura. Así descargó otra docena de azotes. Ahora Laura no podía contener los gemidos por el intenso dolor que le causaba el severo castigo que estaba recibiendo. Ramón estaba satisfecho.

Ramón fue en busca de la máquina fotográfica. Quería que esa visión de Laura, siendo cruelmente torturada, adornara el living de la casa. Las marcas del látigo y la expresión de la cara, con los ojos vendados le excitaban tremendamente. La dejaría todavía un rato atada como estaba para luego penetrarla primero por la vagina y luego acabar en el culo.

Poco a poco Laura se fue calmando aunque el dolor en su concha iba en aumento. Ramón la desató de la cruz y la acostó en el piso. Le quitó la venda de los ojos, que Laura cerraba pensando en el dolor que le causaría la penetración por vagina. Así fue. Apenas lo podía resistir. Luego de un momento le ordenó que se pusiera en cuatro patas, como un perrito para metérsela por el culo. A esta altura era un gran alivio recibirla por atrás. Era una parte que no había sido castigada. Ramón finalmente acabó en el recto.

Se sucedieron los días. Debía servir como «pony» llevando a Ramón u otras cargas, permanecer atada e inmovilizada por largo rato, recibir distintos tipos de castigos y torturas. Se había perfeccionado la manera de hacerla obedecer cuando arrastraba el sulky. En lugar del látigo le introducía un cilindro metálico en el culo que se conectaba mediante cables a unas pinzas fijas a los pezones. Mediante un control remoto, al apretar un botón, producía una descarga eléctrica entre ambas partes de su cuerpo.

Era mucho más efectivo que el látigo. Laura se fue acostumbrando a