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EL VIAJE por ANDY RISCO
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EL VIAJE

 

 Las piernas le temblaban,  respiraba  de forma entrecortada,  se ahogaba, le faltaba aire  y  gruesas lágrimas bajaban por sus mejillas.  Sentada dentro del carro, tirado por un  gran buey, no veía nada.

El  carro llevaba la cubierta de lona puesta.   No veía, pero tampoco la veían.   Solo de vez en cuando, con el vaiben, las lonas se abrían un poco y  aparecía la gente que los seguía.  Reían, gritaban, cantaban...   pero ella allí  escondida  se sentía aún segura.    El camino era largo, faltaba mucho. Una cadena le rodeaba un tobillo. Y la cadena  acababa  atornillada al carro.  Miró sus pies, sus preciosos pies suaves y delicados de dedos largos y finos y uñas redondeadas .   Estaban sucios, de andar descalza, pero eran igual de bonitos.  

El cuerpo se quejaba. Intentó colocarse mejor en el duro banco de madera.  El culo le dolía a cada  salto  de las ruedas del carro con las piedras del camino.  

Un vaporoso  vestido blanco  la cubría.  De una sola pieza.  Como un delicado camisón. Nada más.  Era tan suave que su cuerpo casi transparentaba debajo.  Miró sus piernas al desnudo, el corto camisón no las cubría. Eran bonitas, preciosas    Recordaba como los hombres enloquecían cuando bailaba en las tabernas, y al girar, las faldas se levantaban mostrando sus muslos desnudos.  Enloquecían de verdad. 

 Los pechos casi no se dejaban esconder por el vestido. Las finas tiras que lo sujetaban a sus hombros  estaban tirantes, a punto de romperse, con  el peso de sus maravillosos senos. Grandes, redondos,  generosos...   Los pezones quedaban perfectamente marcados en la tela.    Era ella la que enloquecía de placer cuando alguno de sus amantes   los tomaba con los dientes y los mordía con delicadeza.     

Puso una mano en su pecho, con el dedo buscó el pezón, y lo acarició.  Reaccionó al instante.  Una sensación de placer recorrió su cuerpo, se contorneó en el duro banco mientras el carro seguía saltando en su lento caminar.  Siguió  con las caricias... largo rato, con los ojos cerrados... poco después la otra mano se deslizó poco a poco entre sus piernas, entre sus preciosos muslos... y también  acarició su cuerpo deseoso  de placer...     Abrió la boca. Apoyó  la espalda contra la pared del carromato, su respiración se hizo lenta, estiró las piernas tanto como la cadena le dejaba... las caricias seguían  cada vez más rápidas...  un largo suspiro, un grito ahogado... y explotó de placer...   

La cortina se abrió de golpe y uno de los conductores del carromato asomó la fea cabeza.  - Jajajaja     ¿te has masturbado verdad?       Jajajaja....... El otro conductor  asomó también. -Mira sus pezones de punta, a punto de explotar, mira su rostro sonrosado...    jajaja,  claro que se ha masturbado    -Menos mal chica, porque el  viaje se acaba. ¿Oyes las campanas del castillo? Jajaja 

Ella, aún turbada por el placer,  escuchó atentamente.  No tuvo que esforzarse mucho. Entre los ruidos del  carro al  rodar y el griterío de la gente que los seguía, oyó claramente  unas  lúgubres campanas tañendo.   Lloró de nuevo. El placer ya se había disipado. Su último orgasmo se dijo. Y volvieron los ahogos de miedo, el sudor frío y los ojos abiertos como  platos, sin ver nada allí dentro,   pero con el terror en ellos.  Dios mío ¿qué me pasara ahora?       

Para la pobre chica  pasó todo muy rápidamente. Las campanas, sin saber como,  se oían ya con todo su estruendo... TONG ...TONG ... TONG   y  el griterío de la gente era espantoso.  Cascos de caballos que trotaban arriba y abajo  y tambores, unos tambores replicando como las campanas.  

¿Todo es  para mi?      

 -Fin del viaje, chica,      mientras el buey resoplaba cansado pero feliz de parar de una vez.    

-Intentó mirar entre las lonas, pero no tuvo tiempo. 

 Se abrieron por la parte de atrás, por donde se subía.   Dos viejas mujeres aparecieron y subieron trabajosamente los escalones.   Entraron el carro.  

-Ponte de pie chica,  

-Ella lo hizo sin rechistar. Era inútil toda resistencia. 

Miles de personas esperaban lo que venía a continuación.  Nunca escaparía de allí. Ni jamás la perdonarían. La habían juzgado  y condenado.  

-Bájate el vestido        

-Por favor, desnuda no, por favor no, desnuda no, me da vergüenza, por favor no, no, no         

-Esta gente quiere verte desnuda, chica      DESNUDA          ¿No vas a decepcionarlos, verdad?   

Ella bajó las tiras del vestido que  se deslizó con un suspiro hasta sus pies.  

- Hasta las dos ancianas se extasiaron con tanta belleza, con un cuerpo tan perfecto. Con unas curvas tan suaves pero pronunciadas.   Por su rostro casi de niña pero bellísimo y su larga melena de suave cabello.  

-No me extraña que los volvieras locos chica.  Desde luego Dios te dio un cuerpo increíble.    Qué lástima   lo que van a  hacerle.     < Y se rieron>  

Aún tenía el pie atado por la cadena. No podía dar ni un paso.  Seguía en pié dentro del carro. Desnuda completamente.   Una de las ancianas tomó una jarra   que llevaba y le dio de beber.  -Eso te aliviará el dolor- Bebe tanto como puedas. Es una droga que te atontará y todo te será más fácil.    

-Ella bebió, les hizo caso, el miedo la obligaba a beber.  Si el dolor tenia que ser menos... si era cierto lo que le decían  se lo bebería todo. Todo. 

-El líquido bajaba por sus labios, estaba tan nerviosa que temblaba sin poder contenerse, toda ella temblaba.  La anciana la ayudó a sujetar la jarra.  El líquido bajaba por sus pechos y por la suave curva de su vientre, resbalaba por los muslos y mojaba sus pies.   Se ahogó, tosió y todo su cuerpo se sacudió con los ahogos.  No podía más. La anciana le quitó la jarra.    -No se nos mueras antes de hora  jajaja     

Y ahora viene  lo mejor -le dijo- 

 Tomó un tarro.   Untó los dedos en la pomada que contenía.   –No te muevas    y  delicadamente  embadurnó los pechos de la chica.  Esparció completamente la pomada. Después hizo lo mismo en  los  pezones.   Los rodeaba para untarlos tan bien como podía.  -Abre las piernas    La chica obedeció.   Y  la vieja  mojando de  nuevo los dedos en  el tarro,  llenó de pomada su entrepierna.   Con los arrugados y retorcidos  dedos la repartía por los labios de la chica, la introducía suavemente en sus agujeros. Por delante, por detrás. Hasta  donde penetraban sus dedos. -Ella se  dejaba hacer. Asustada no podía imaginar que significaba aquella poción.   -Dime    ¿para que sirve esa pomada?   por favor          -¿Porqué me untas?   ¿qué me harán?  

-Cuando te saquen de aquí  esto empezará a escocerte, chica.   Te parecerá que te meten brasas ardientes en los pechos y entre las piernas.   El dolor será intenso. Y así no pensarás mucho en lo que viene, en lo que van a  hacerte.  Bastante trabajo tendrás en resistir. -Además, el público quiere verte gritar.  Y gritarás... te lo aseguro.  

La pobre chica no tuvo tiempo para más.   La  lona se levantó, las ancianas bajaron tan rápidamente como sus viejas piernas se lo permitían...  Ella miró fuera. Y gritó, gritó aterrorizada.  Dos largas filas de soldados  la esperaban dejando un pasillo, y detrás de ellos un griterío enorme que ensordecía.  Dio un paso atrás. La cadena se tensó y cayó de culo  dentro del carro entre los gritos, aplausos y risas de la gente.  Gritó de dolor y de vergüenza al caer con las piernas abiertas.  Dos soldados entraron, uno desató la cadena. La levantaron sin ningún cuidado, la pusieron de pie. La sacaron fuera y entre un griterío terrible  la enseñaron a la gente.   

-Desnuda, ante  miles de locos chillando, creyó desmayarse, pero entonces tal  como habían predicho las ancianas empezó a sentir un terrible escozor en los pechos... Se los miró.   Dios mío, estaban enrojecidos y los pezones a punto de estallar.  Habían  ganado en volumen, parecían enormes. Hinchados aún eran más bonitos.  Las aureolas rojas y las puntas supurando de tanta  hinchazón.      

Los soldados la bajaron por los escalones del carro.  Ahora estaba entre las dos filas que controlaban  el gentío.   Un soldado a cada lado le sujetaba cada un brazo detrás de la espalda.     

Los pechos le ardían, intentó soltar las manos para tocarlos, pero no le dejaron... lloraba de dolor, gritó, pero su grito era ahogado por los demás...  volvió a gritar cuando se hizo insoportable el  escozor.   Los sacudió de un lado a otro, buscando alivio, pero solo consiguió volver locos a los hombres que la rodeaban.   

Ahora empezaba el escozor entre sus piernas, y en su interior...   ¡no, no, no!   gritó mientras apretaba las piernas para calmarlo...  Los soldados no la dejaron, un empujón y  empezaron a caminar. Se retorcía, los pinchazos la torturaban, gritaba sin cesar, a cada paso parecía que le clavaban hierros ardientes.   Necesitaba rascarse, apretar las manos en sus partes doloridas, pero era imposible.  Agachada, con los muslos  apretados en un intento de calmarse  caminaba sin ver, sin saber, solo dolor, dolor, los pechos estallando, los pezones ardiendo y su sexo  enloquecido. Sentía los labios abiertos e hinchados...

La gente también los veía porque señalaba riendo su entrepierna...  

Toda clase de insultos, y obscenidades llegaban a sus oídos... pero el dolor era  tan extremo que solo podía retorcerse cada vez mientras los soldados la mantenían de pie.   Sollozaba y gritaba a la vez. Cada paso era una tortura.   En uno de sus  intentos por  soltarse vio la entrepierna de uno de los soldados tremendamente abultada.  

–Dios Santo pensó  -Yo muero de dolor  y ellos explotan  de placer... 

De pronto se encontró frente a una escalera.  Unos cuantos escalones subían a un cadalso.  Arriba la esperaba un verdugo.  Enloquecida de miedo, además de dolor, se revolvió para soltarse. Pero era inútil. Los soldados conocían muy  bien la reacción de las chicas condenadas.  Unos tirones y ya estaba arriba. Sin dejarla pensar en lo que pasaba la pusieron frente al gentío.    

Estaba preciosa. El gentío empezó de nuevo a gritar de placer y de pasión.  Pedían más, querían más.  Saltó un escupitajo y le dio de lleno en el vientre.   Los soldados apalearon sin piedad al animal que lo había lanzado.  Eso no estaba permitido.  Humillarla más era castigado duramente.  

-Le dolían los brazos tirantes detrás de la espalda.  Cada soldado agarraba uno de ellos, con los dedos como garfios de hierro clavados en su delicada piel.  La obligaron a  ponerse completamente de pie.  Incorporada.    Los pechos enormes, hinchados y enrojecidos eran admirados... y los labios de su sexo abiertos completamente, levantaban  el erotismo de todos.    El escozor aún era horrible y la obligaba a  sollozar entre gritos y quejidos.  No podía parar.  Y seguía sacudiendo los pechos, de lado a lado... parecían salir volando.   

Los soldados le dieron la vuelta.  El verdugo quedó frente a ella.   La negra capucha y la enorme espada que sujetaba con una mano  la enloquecieron de terror.   Se retorció, está vez sí, con todas sus fuerzas, daba patadas con sus delicados pies desnudos, intentaba morder a los soldados, golpeaba con la cabeza, la larga melena volaba de un lado a otro, se tiró  al suelo... todo inútil, claro.   

La arrodillaron.  Unas argollas rodearon sus tobillos manteniendo las piernas bastante abiertas.  Acercaron un gran madero.  Con una hendidura para apoyar la cabeza, justo en el cuello.  El madero pesaba muchísimo, entre los   tres  lo colocaron pesadamente frente a ella.  Tiraron de sus brazos, la obligaron a inclinarse hacia delante, y ataron sus manos a unas argollas, una a  cada lado del madero.    En pocos segundos estuvo todo preparado.   

Había dejado de chillar.  Ni sabía porqué.  Su cabeza no pensaba.  No entendía nada.  Veía pero  no entendía, no quería entender.  

Arrodillada en las duras tablas.     -Dios. Mis rodillas, como duelen    Sintió mareos, como si volara. -Debe hacerme efecto la droga que me han dado las viejas        Las dos argollas le mantenían las piernas abiertas.  La entrepierna aún escocía pero no tanto como para hacerla gritar. El efecto iba pasando...   Tenía la cabeza apoyada en el madero. No podía incorporarse porque las manos atadas a otras dos argollas y  tirantes hacía abajo  se lo impedían.  Los pechos, enormes, colgaban, maravillosos.   Los pezones duros también le dolían, pero menos que antes.   Amargos y aterrorizados sollozos sacudían tan precioso cuerpo.  Solo se dio cuenta de una cosa:   En la Plaza reinaba el silencio.    

Los dos soldados bajaron.    El verdugo y ella eran los únicos que quedaban arriba, en el gran cadalso.     El hombre la rodeó, poco a poco, admirándola.  Como la admiraban todos. Pero él la tenía allí, a su alcance, claro.  Cuando pasó por detrás de la chica arrodillada,  con las piernas muy abiertas y los tobillos atados al suelo,  no pudo menos que excitarse ante tan erótica postura.  

Le habló:   -Es nuestro momento chica.  Tu y yo aquí arriba, solos. El momento cumbre. La vida y la muerte.   Tu desnuda, desnuda ante todos, esperándome. Esperando mi espada.   Ahora vives, despues morirás.  Te irás para siempre.  

Y siguió hablándole suavemente, ganando su confianza.  

-Eres una mujer fuerte.  Valiente. Lo he visto mientras  te conducían aquí.  Te mataré bien si me ayudas.  Estarás quieta y no notarás nada. No dejaré que sufras.  No muevas la cabeza, no muevas el cuerpo, no sacudas tus pechos  y lo haré bien.  Eres una hermosa mujer y  mereces morir si sufrir.  Ya has padecido bastante.  

Ella lo escuchó. Sollozaba con la cabeza apoyada de lado en el madero. Sintió como el hombre apartaba delicadamente su melena y la colocaba a un lado.   Su preciosa nuca quedó a la vista de todos.   El silencio era terrible.  Antes el griterío y ahora el silencio absoluto. 

El hombre apartó unos cabellos rebeldes.  La trataba con delicadeza.   Le giró un poco mas la cabeza y la  apoyó bien.   La chica cerró los ojos.  Esperó, pero no pasó nada.  Su cuerpo sufría sacudidas de pánico.  Estaba completamente mojado sudor.  Sudaba de miedo. Pasaron unos segundos. 

El hombre sacaba brillo al filo de la espada, pero ella no lo veía. Sintió una necesidad.  La  gran cantidad de bebida que había tomado hacía efecto.   La pobre  parecía confiar en el verdugo, en sus suaves palabras.

-Se me escapa el pipi , le dijo.        -Déjalo ir mujer , contestó el hombre     

Y entre las piernas arrodilladas y abiertas de la chica  escapó un gran chorro de pipi salpicando el suelo y todo alrededor.  Parecía no terminar nunca.  

 Un murmullo de placer recorrió la Plaza.   Era un momento esperado...  cuando perdían el control de su cuerpo.

Ella cerró los ojos. Los abrió y  vio el enorme cuerpo del hombre a su lado con  su sexo muy hinchado bajo el calzón, miró mas arriba y vio la  gran espada, sujeta  con  las dos manos y  levantada sobre su cabeza.   Intentó gritar, intentó moverse, escapar... pero  ya no hubo tiempo. 

Sintió un mareo  y  vio los sucios dedos de los pies del hombre al lado mismo de sus ojos.  Dio la orden a su cuerpo de levantarse.... ¿cómo se había caído?   asombrada notó que no reaccionaba... los pies se desvanecieron.                 Murió.  

La cabeza había rodado hasta los pies del hombre.  Lo ojos  muy abiertos habían parpadeado varias veces.   La boca de labios voluptuosos   manchada de sangre  y el largo cabello desparramado alrededor.   Un gran charco de oscura sangre rodeaba el cuello segado a la perfección.  

El cuerpo  había sufrido un espasmo. Privado de cabeza se movió  durante unos segundos a su albedrío.    Los dedos de las manos se abrían y cerraban, los pies se retorcían en las argollas, las rodillas golpearon el suelo de madera, otro chorro de pipi escapó entre sus piernas y  el torso dio unos saltos sin sentido.   

Del cuello escaparon varios chorros de sangre y cuando cesaron se siguió vaciando bajando por el madero  hasta formar un gran charco. Después se derrumbó como un helado al sol.  Encogió aún atado de pies y manos  y quedó inmóvil.                                         .