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La otra cara de la moneda por Sandy88
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P.D. Se trata de  la historia de "Vencida por el morbo" contada desde el punto de vista del otro protagonista, Jorge.

 

Todo empezó cuando me di cuenta de que el sexo empezaba a aburrirme, cuando comencé a sentirme sumergido dentro de una monotonía exasperante. Supongo que por eso, aquel sábado, después de acostarme con una chica a la que conocía poco, y a pesar de haber disfrutado, le dije con toda la delicadeza que fui capaz que sería mejor no repetirlo. Ella sin decir nada, se limitó a irse.

Me quedé tumbado en la cama, pensando. Siempre que pensaba en algo relacionado con sexo, Sandra, mi compañera de piso, acababa apareciendo claramente en mi cabeza. Sus grandes ojos grises, su pelo rizado, sus curvas, su cuerpo proporcionado, su culito respingón, sus tetas, que no había visto pero había imaginado hasta la saciedad…

Por segunda o tercera vez consecutiva, aquella noche soñé con ella. Soñé que teníamos una larga sesión de sexo salvaje en que me pedía ser follada a gritos y me desperté más empalmado de lo habitual.

¿A solas con Sandra en casa un domingo por la noche sin clase al día siguiente? Eso sí que prometía. Me las ingenié para decir delante de ella con toda la naturalidad que fui capaz que me quedaría en casa aquella noche y, lo que era más importante, que no había nada entre la famosa chica de la noche anterior y yo. Sandra estaba de espaldas a mí en la cocina fregando las cosas del desayuno y no pude ver su expresión. Al rato le dejé caer si le apetecía que cenásemos juntos y le pareció una idea fantástica.

Salí de mi cuarto sobre las diez, harto de estudiar, y allí estaba ella hablando por teléfono. Llevaba una falda negra muy corta que dejaba al descubierto la mayor parte de unas largas, fantásticas y torneadas piernas y una camisa blanca lo suficientemente transparente para asegurarme que no llevaba sujetador.

Me quedé mirándola embobado durante más tiempo del que se considera educado.

- Qué… guapa – dije como un imbécil, cuando colgó el teléfono.

Su sonrisa resplandeció, e incluso se sonrojó un poco.

- Gracias, ehm… ya he pedido la pizza.

Cenamos entre risas, como siempre, aunque se apreciaba una complicidad diferente y cierta atracción. Después de la pizza tomamos unas copas. Pensé que eso nos desinhibiría, pero nunca supuse que tanto.

Al tercer vodka a Sandra le brillaban los ojos con intensidad y me miró fijamente. Tuve que hacer un enorme esfuerzo por no besarla. Cuando ya pensaba que no lo conseguiría, dijo, arrastrando un poco las palabras:

- Ayer os oí.

La miré sin comprender lo que quería decirme.

- Por la noche. Con la chica esa.

- Ah, ya… - la miré y solté la bomba, dando el primer paso – y, ¿qué pasa? ¿Te pusimos caliente?

Abrió mucho los ojos y desvió la mirada. De pronto parecía sentirse incómoda, apabullada. ¿Había dado en el clavo? Busqué su mirada y ambos la mantuvimos fija durante unos instantes, los instantes más largos de mi vida.

- Te gustaría, ¿eh? – dijo por fin. Arqueé las cejas, alucinado, y debió asustarse, así que cambió de tema disimuladamente- bueno, y entonces, ¿qué pasa? ¿No quieres nada más con ella?

- Ahora mismo no me apetece tener novia. Sexo y desenfreno todo el que quieras, pero... nada más.

- Y ella no, claro.

- No es eso, es que… tenemos… gustos diferentes. Los dos son válidos pero a mí me gusta el sexo más…

- Más… ¿qué?

- Más salvaje. Pero no he conocido a ninguna chica que le guste eso tanto como a mí.

Sonrió y se pasó la lengua por los labios. O estaba intentando decirme algo, o mi cerebro caprichoso malinterpretaba todas las señales. Di un largo trago de whisky y dejé el vaso encima de la mesa. La miré.

Sandra se acercó más a mí. Sin poder evitarlo eché una ojeada a su escote entreabierto, a una altura perfecta para mis ojos. Y ahí las vi. Sus tetas de tamaño normal, redonditas, los pezones levantando la tela de la ropa y ni rastro de sujetador. Me estaba poniendo malísimo. Me pegué a ella con descaro.

- No sé si conozco a alguna.

- Vaya, es una pena. Alguna que se ponga caliente sólo con oírte cuando te masturbas, no sé, esas cosas.

Ya estaba seguro de que me lanzaba señales evidentes. Pero me hice el despistado. No iba a ponérselo tan fácil, quería que ella diese el paso para no asustarla, para que fuese ella misma quien me demostrara hasta dónde quería llegar. Por si acaso, dejé caer lo que me gustaría a mí, como si no supiese a quién más podía agradarle.

- ¿Sabes lo que quiero? Una chica salvaje, caliente, viciosa, guarra y obediente. Que se corra a lo bestia, que no tenga tapujos ni tabúes, que se deje follar por todos lados, que se exhiba, que si le digo que folle con otro se le dibuje el vicio en la cara, que se ponga cachonda con las humillaciones…

Apartó la cabeza y suspiró, casi un jadeo. ¿Estaría calentándose? Porque yo ya sentía que estaba a punto de reventar.

- Ah... – murmuró.

Me acerqué mucho a ella, como si fuese a decirle un secreto, y por fin palpé uno de sus invitadores pezones. Por accidente, por supuesto…

- Pero bueno, tendré que esperar a que alguna vez una chica me lo pida de forma convincente, yo no voy a dar ese paso. Podría ofenderla… - Sandra me miró, pero no dijo ni hizo nada, y decidí irme y dejarla actuar a ella - En fin, me voy a estudiar un ratito, aunque no sé si seré capaz con esta borrachera… Si quieres algo… cualquier cosa… ya sabes, ¿no? – hice especial hincapié en esa "cualquier cosa".

- Sí… ya sé… claro.

- Puedes pedirme… lo que quieras.

Me metí en mi habitación y pegué la oreja a la puerta, esperando oír alguna señal que me indicase que el plan estaba funcionando. Nada. Bueno, era lógico, se lo estaría pensando, no era tan fácil tomar según qué decisiones. ¿Y si yo me hacía ilusiones y luego no ocurría nada? Por fin oí los tacones de Sandra por el pasillo. Pensé que pasaría de largo, pero entonces se detuvo. Contuve la respiración. Llamó a mi puerta.

Me aparté, con el corazón acelerado, y la hice esperar unos segundos. Cuando más o menos conseguí relajarme, fui yo mismo a abrir.

- ¿Qué pasa? – pregunté con aparente dureza.

Ni siquiera me miró a la cara. Estaba roja de vergüenza, tartamudeando.

- Es… lo de antes, lo que hablábamos…

- No tengo tiempo de hablar, tengo que estudiar – dijo cortante – si vas a decir algo dilo ya, y si no vete.

Ya está. Había soltado la bomba. Ahora podían pasar dos cosas: o que me mandase a la mierda, o que se decidiese por la más placentera de las opciones. Y sus palabras me sonaron a gloria cuando me miró a los ojos y dijo suplicante:

- Jorge… Por favor Jorge, fóllame.

- ¿Qué? No te oigo.

- He dicho que me folles… por favor.

Me quedé mirándola de arriba abajo, como si estudiara la posibilidad, y al final me aparté de la puerta para que entrase. Me senté en una silla y me quedé mirándola, observando sus reacciones. Permanecía quieta en el centro de la habitación, mirando al suelo, avergonzada, turbada, excitada y encantadora. ¿Realmente querríamos ambos lo mismo? Estaba dispuesto a comprobarlo y hablé con sequedad y firmeza:

- Creía que había quedado claro lo que hablábamos. Yo no quiero a una tía que porque tenga un calentón en un momento determinado y quiera follar venga a buscarme, y menos si vive en mi casa. Podría ser muy incómodo, ¿entiendes?

- No, de verdad, yo quiero hacerlo cuando quieras – insistió.

- Hacer, ¿qué?

- Que me folles.

- ¡No te enteras de nada, Sandra! No quiero follar y punto. Quiero una puta, ¿estamos? Y no solo mía, también de Raúl y Alberto, alguien a quien usar para disfrutar cómo, cuándo y donde queramos, no una niña pija a quien le entra el calentón una vez al mes.

- No, yo quiero… de verdad…

Una parte de mí aun no se lo creía. ¿De verdad me estaba pidiendo…? Hice la pregunta clave para asegurarme:

- Que quieres, ¿qué?

- Ser tu puta, tuya y de quien quieras… ¡por favor!

Mi polla ya no podía más, me pedía guerra a gritos. Tenía a una de las tías más buenas que conocía pidiéndome que me la follara, y no solo una vez, sino siempre que quisiera, como, donde, cuando y con quien me diera la gana.

Por fin me acerqué a ella. Estaba deseando desnudarla, palpar, acariciar, sobar ese cuerpo con el que tantas veces había fantaseado y con el que tantas pajas habían caído. No abrí la boca, esperando ponerla nerviosa. Le desabroché los botones de la camisa, y no me sorprendí cuando efectivamente comprobé que no llevaba sujetador. Pero sí me quedé alucinado, en cambio, cuando le quité la falda y vi un coñito depilado desprovisto de ropa interior. Primero acaricié y pellizqué un poco sus pezones para terminar de endurecerlos, lo que apenas me costó unos segundos, y le metí dos dedos en el coño ya mojado. Vaya, vaya, aquella chica prometía…

Decidí empezar con algo de humillación, a ver si realmente le gustaba. Y no me equivoqué.

- Vale, calentorra ya me has demostrado que eres, porque estas empapada y encima vas sin ropa interior. Si consigues demostrarme que eres puta y obediente, me lo pienso. Dime qué estás dispuesta a hacer, y sin tonterías. No quiero cursiladas.

- No… sé a lo que te refieres.

- Pues que nada de palabras finas, si vas a ser puta habla como tal. Nada de penes, pechos… aquí son pollas, tetas y coños. ¿Ha quedado claro?

- Sí. Pues… a lo que quieras. Follarme la boca, el coño, estar con quien sea, tragar leche, correrte donde te apetezca, exhibirme, me da igual con tal de ser tu puta – dije casi sin respirar.

- ¿Encularte? ¿Te han enculado ya?

- Alguna vez, aunque no es lo que más me atrae, pero…

- No te he preguntado si te gusta, te he preguntado si te han enculado y si estás dispuesta a que te lo hagamos.

- S.. sí – pareció dudar, y decidí que, si acababa convirtiéndose en mi (o nuestra) puta tendríamos cuidado. Se trataba de disfrutar todos, al fin y al cabo.

- ¿Tríos, orgías?

- He hecho dos tríos, y estoy dispuesta a hacerlo con quien sea.

- ¿Qué pasa si te pongo de rodillas, te violo la boca y te atragantas con mi polla?

- Nada. Sigo comiendo.

- ¿Si me descargo los huevos en tu boca?

- Me lo trago si no me dices lo contrario.

- ¿Si te digo que eres una zorra que solo sirve para ser penetrada?

- Que… me excito – murmuré.

- ¿Cómo dices?

- Que… me pone cachonda.

- ¿Si te follo sin darte permiso para correrte?

- Obedezco.

- ¿Incluso si después te prohíbo masturbarte?

- Me costaría, pero obedecería.

Aquello sonaba a gloria. Respondía justo lo que quería oír en el momento adecuado, y encima estaba tan cachonda como yo. Me la imaginé entre mis piernas comiéndose mi polla hasta los huevos y me costó no ponerla a cuatro patas y follarla, pero no. Tampoco quería ponérselo fácil.

La hice sentarse en la silla y me situé a su espalda, agachado, hablando en su oído, tocando otra vez esa delicia de pezones.

Imagina que vamos juntos en el metro. Tú vas con minifalda, muy corta y sin ropa interior, y yo quiero que se den cuenta de lo zorra que eres. ¿Qué haces? ¡Deprisa, piensa rápido, lo primero que se te pase por esa mente calenturienta!

- Me… me siento y abro las piernas subiéndome un poco la falda… iría depilada como ahora… me… me meto un dedo en el coño disimuladamente… lo saco mojado… lo chupo sonriendo al de enfrente… me pongo de pie…

Ya era demasiado. Sentía vergüenza al decirlo, y aun así cada vez era más viciosa. Y encima estaba desnuda, a mi merced.

Me puse enfrente de ella y me saqué la polla, que ya estaba tan aprisionada que no cabía en los calzoncillos. Completamente dura y mojada, empecé a moverla arriba y abajo. Sandra se quedó callada y me la miró, abriendo la boca inconscientemente.

- Deja de mirarme la polla y sigue contándome.

Miró al suelo. Se revolvía en la silla, imaginé que incómoda por sentirse tan caliente y mojada, y tuve que reducir un poco el ritmo para no correrme. Si todo iba como yo lo planeaba, si de verdad era tan cachonda como parecía, esa noche no sería mi mano quien sacara la leche.

Continuó con su historia.

- Me pongo de pie… Alguien que se haya dado cuenta ya me mira el culo… me agacho sin doblar las rodillas y la falda se me sube un poco…

- ¿El culito queda al aire?

- Sí… sí, un poco… y yo estoy cachonda y noto que me mojo e incluso me resbala por los muslos un poco…

Dejé de masturbarme, haciendo un sobreesfuerzo.

- ¿De verdad quieres ser mi zorra?

- Sí.

- Mía y de quien yo quiera, recuérdalo.

- Sí.

- ¿Tus límites?

- Nada de dolor extremo. Ni cosas desagradables.

- Define "desagradable".

- Pues scat, o cosas así, ahora mismo no sé…

- Ya, ya. Está bien, nunca había pensado en eso. Quiero una puta, no un váter. ¿Las corridas te suponen un problema?

- No, me gustan.

- Ya sé que te gustan, zorrita, digo que me corra en tu precioso coño…

- No… o sea, tomo la píldora, pero…

- No, tranquila. Conmigo puedes estar tranquila, no dejaré que cualquiera lo haga, no tengo tan poca cabeza.

Asintió con la cabeza.

- Vale – concluí – lo pensaré seriamente.

Me volví, dándole la espalda, y me di cuenta de que no se había movido de su sitio. Todo iba tal como estaba planeado, o incluso mejor. Me di la vuelta otra vez y mis ojos chocaron con los suyos, detectando deseo y vergüenza.

- Vete a dormir – dije.

- Es que…

- Yo no he dicho que vaya a follarte ya.

- No, ya lo sé, pero… quiero demostrarte que lo digo en serio.

- ¿Cómo sé que lo que no quieres es que te folle para correrte a gusto y punto?

Se encogió de hombros.

- Fóllame la boca. Con eso no me correré y te demostraré que no lo hago con esa intención.

¿Follar… su boca? Mi polla estaba convencida de que sí, y estaba más que decidido.

- ¿Y qué ganas tú con esto?

- Tu confianza, espero, y tenerte complacido.

Tuve que esforzarme en no sonreír. Estaba resultando mucho mejor de lo que yo había imaginado. Volví a fingir que me lo pensaba, y finalmente me senté en la cama y me saqué la polla y los huevos por encima de los calzoncillos.

- Aquí. De rodillas delante de mí. Ya.

Vino casi corriendo. Me la moví un poco y le di unos cuantos golpecitos con ella en la cara y alrededor de la boca. Ella la abría al máximo y la buscaba, impaciente. Por fin se la clavé y le puse las manos a la espalda.

- No las muevas de ahí.

Con una mano le movía la cabeza arriba y abajo y con la otra pellizcaba sus pezones arrancándole gemidos. Al principio la movía despacio, clavándosela profundamente, pero enseguida quise aumentar el ritmo y empecé a, literalmente, violar su boca. Le dieron varias arcadas pero aguantó bien. Entonces se me ocurrió… ¿Qué pasaría si añadiésemos unos azotitos?

- Muy bien puta, mantén el ritmo solita.

Empecé a acariciarle el culo con las manos, pellizcándolo, masajeándolo, sobándolo, palpándolo, y cuando menos lo esperaba descargué un azote. Jadeó y se sorprendió, dejando de comérmela.

- No recuerdo haberte dicho que parases.

Siguió a lo suyo, y yo a lo mío guiando su cabeza, descargando azotes y pellizcando sus pezones. Toqué su coño varias veces, notándolo encharcado, y me dieron ganas de follarlo, pero el objetivo de esa noche era probar su obediencia y su aguante.

Empecé a notar esa sensación tan conocida pero nunca tan placentera de cuando estás a punto de correrte y se la clavé todavía más dentro.

- Ah… trágatelo todo… ahí va, ahora veremos si eres tan guarra.

Noté como los chorros calientes de leche salían disparados a su garganta y se lo tragaba con vicio. Cuando noté los huevos descargados se la saqué de la boca, y sin tener que decir nada me lamió los restos de la polla y se relamió las comisuras de los labios. Fue la mejor mamada que me habían hecho hasta la fecha.

Le solté la cabeza y permaneció en silencio y de rodillas a mi lado. No se puso en pie hasta que yo se lo ordené. Me estaba dejando alucinado. Si no acabase de correrme un segundo antes, sólo con pensar en follármela al día siguiente y dejarla correrse lo que no iba a permitirle esa noche, me habría puesto a cien.

Cogí una cuerda que había encima de mi mesa.

- Duermes boca abajo, ¿verdad? – pregunté.

- Sí – pareció extrañada con mi pregunta pero no dijo nada más.

- Ven conmigo.

Fuimos hasta su cuarto, la hice desnudarse (llevaba la falda y la camisa abierta) y poner las manos a la espalda para atárselas. Cuando estuvo lista la besé con intensidad, tal y como llevaba tanto tiempo deseando, jugando con su lengua.

Luego fuimos hasta su cama.

- Túmbate. Boca abajo. ¿Estás cómoda?

- Sí.

- Te he atado para evitar tentaciones – expliqué – Me has hecho disfrutar mucho. Ahora quiero que me demuestres que puedes aguantar. Si lo haces, si la noche pasa sin contratiempos y eres capaz de no correrte, a partir de mañana serás nuestra puta.

- ¿Nuestra…?

- Sí. De los tres. Alberto, Raúl y yo. ¿Qué te parece?

Aunque primero tendría que hablar con ellos, pensé. Pero, ¿cómo iban a decirme que no? Si ella les gustaba tanto como a mí, me lo habían dicho más de una vez, que tenía un buen polvo. Y ahora ella nos daba permiso para echárselo, ¿qué tenía de malo?

Cuando se lo dije sus ojos brillaron y sonrió.

- Sería… un placer, un honor para mí.

- Pues hasta mañana.