Los Pies, con las uñas pintadas o sin pintar, las botas, los zapatos y las sandalias en todas sus formas, altura y cualquier tipo de tacón, o sin ellos, han sido, y son, una fijación para mi.Creo que es cosa del cuero, y de la carne, ya que el plástico no me atrae especialmente.
Me gusta poder lamer un pie femenino desnudo, y sentirme ahogado por él, introducido en mi garganta, desencajándome la boca.
Pero aún me excita más, cuando me imagino esa misma escena con el olor del cuero y el brillo que desprende. El cuero como estuche realzador de la joya que es el pie femenino.
Mi mayor sueño siempre fue entrar al servicio de una Señora despiadada y cruel, ser el esclavo personal de un Ama que, como yo, compartiera también mi afición por los pies y por los zapatos en todas sus extensiones.
Pues bien, tengo la inmensa dicha de haber podido realizar mi sueño, y de ver cumplido mi deseo más íntimo.
Soy el esclavo temeroso, y también feliz y gozoso, de un Ama cruel, dura y despiadada que, a su vez, también es una fetichista fanática del pie y del calzado, pero, lógicamente, siendo Ella la Adorada.
Dispone de docenas de modelos de zapatos y botas, todos del cuero de mejor calidad, que yo mantengo perfectamente brillantes y lustrosos, y sus pies, un 38, son para mi, los más perfectos del mundo. Nunca me cansaría de lamerlos, chuparlos y poderlos tener introducidos en mi boca.
A pesar de haber puesto muchos contactos en revistas especializadas y también en la prensa diaria, la conocí en una fiesta a la que fui invitado por unos amigos. Allí la observé, maravillado, con unos preciosos botines en charol negro brillante de los que salían unas finas tiras de cuero que se le entrecruzaban hasta llegar un poco más arriba del tobillo.
Sus tacones eran generosamente altos y afilados, creyendo yo, en mi ignorancia, que era dificilísimo andar. Sin embargo le daban un movimiento a su cuerpo de gran majestuosidad.
Tuve que reprimir fuertemente mis deseos de arrodillarme allí mismo, delante de todo el mundo, y besarle y adorarle aquellas joyas suntuosas, que, en tan maravilloso estuche, me ofrecían un espectáculo inmejorable.
A la que sería mi Señora, no le pasó desaparcebida ni mi excitacón ni mi gran admiración., y acercándose a mi, me preguntó con una gran dosis de ironía:"Veo que le gustan mis zapatos. ¿ Es usted zapatero por casualidad ?"
Me puse rojo como un tomate, Todo yo estaba, a la vez, avergonzado y excitado, pero no podía apartar la mirada de aquellas joyas. era de infarto si, además y por si fuera poco, añadíamos a la visión, sus tobillos y piernas que, gracias al vestido negro con rubíes brillantes que lucía, descubría sus piernas hasta justo por encima de la rodilla.
Y mientras esto decía, adelantó su pie izquierdo, moviéndolo de lado a lado, como si de un péndulo de hipnotizar se tratara.
Mientras intentaba balbucear una respuesta que fuera convincente, y sin dejarme contestar, me dijo:
"Creo conocer y poder interpretar sus deseos, es usted un fetichista del calzado ¿ verdad ?
Señora, dije yo, es cierto, lo confieso, soy un adorador entusiasta del pie femenino, y efectivamente admiraba, como no, sus maravillosos zapatos que son como engarces en las joyas de sus pies.
Me miró de una manera especial, y cogiéndome del brazo me llevó hacia un lugar más apartado de la gente, y me dijo:
"Voy a serle sincera y discreta, y quisiera que usted también lo fuera conmigo. Respóndame con sinceridad. ¿ Le gustaría entrar a mi servicio como mi esclavo personal ?. Gozaría y sufriría en un universo de adoración al pie femenino, el mío y los de quien yo le dijese, y como no la adoración de los correspondientes calzados.
No me lo podía creer, estaba aturdido, mi sueño y mis deseos más ocultos estaban a punto de hacerse realidad. Sólo debía responder SI, MI AMA y por fin todo lo que yo deseaba se iba a cumplir.
Conseguí decir las palabras mágicas, y ella, riéndose, se levantó, me tocó la mejilla y, abriendo el bolso, sacó una tarjeta que, disimuladamente, introdujo por la bragueta de mi pantalón, mientras me ordenaba sin dejar de sonreir:
"Ahora son las 8 de la tarde. Tiene 12 horas para llamar y decir que todo ha sido un malentendido. Espero su discreción. Si quiere cotinuar adelante. le espero a las 8 en punto de la mañana en mi casa. Tanto el teléfono como la dirección están en la tarjeta. Buenas tardes. Espero sus noticias."Dicho esto, se retiró mezclándose con el resto de invitados y ya no la volví a ver.
Yo estaba alucinado, no sabía si era un sueño o una realidad. Había encontrado a la Dama deseada, y aquella noche, esperando a que amaneciera y fueran las 8 de la mañana, yo no pude dormir.
A las 8 menos unos segundos de la mañana, llamaba a la puerta de mi Señora, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que no era Ella quien abría, sino otra Dama con unos deliciosos botines de charol cuyo empeine formaba un ángulo agudísimo, ya que los tacones, al menos, tendrían 12 centímetros.
Sin dejarme hablar me ordenó que la siguiera, pero que lo hiciera a cuatro patas.
Visto desde abajo, su movimiento, provocado por los altísimos tacones, era extraordinariamente lascivo, balanceando las esferas de su suntuoso trasero, que subían y bajaban al mismo tiempo que giraban.
Noté que tenía una gran erección, y sin darme cuenta, ya estaba en presencia de mi Señora.
Agachado, mi campo de visión era reducido, pero mientras me hablaba, pude ver unos maravillososo pies de perfectas proporciones, ligeramente tostados con sus uñas lacadas de un rojo vivo que hacía destacar sus dedos deliciosos.
No pude reprimirme, y me lancé, como un poseso, a besárselos y lamérselos con intensidad y ternura la vez.
"A partir de hoy solo eres un instrumento de placer para mi y para mi amiga, tus nuevas Señoras. A partir de ahora mismo cualquier negligencia o distracción será castigada con terribles torturas y tormentos.
Me llevaron a una habitación pequeña, de paredes desnudas y negras, sin ventana, donde había un camastro sin colchón, un armario empotrado y una argolla con cadena que estaba collado a la pared y que quedaba justo en la cabecera del camastro.
Me ordenaron desnudarme con rapidez e introducir toda mi ropa, que ya no iba a necesitar, en una bolsa de plástico.
"Irás siempre desnudo y con un cinturón de castidad", dijeron, mientras me ajustaban el aparato, para lo cual, con una aguja, me pincharon en el glande para hacer bajar mi erección y poder introducirme el pene en el cilindro metálico conteniendo púas puntiagudas en su interior.Previamente me habían afeitado completamente mis bajos, y cuando todo estuvo completo, me vi otra vez arrodillado y completamente desnudo, salvo por el cinturón de castidad, , con la frente pegada al suelo, y expuesto, ante sus maravillosos pies.
A todo esto, obsesionado con mi fetiche, no me había dado cuenta del terrible dolor que las púas, clavadas en mi pene erecto y ensangrentado, me producían. Todos mis sentidos se hallaban dedicados a complacer a mis Damas, a quienes por fin, pude lamer, chupar y besar sus perfectos pies durante algunas horas, mientras entre ellas se besaban y acariciaban, dándome, con frecuencia, algún bastonazo para que no cesara en mi labor y la ejecutara con devoción a pesar del cansancio que ya me invadía por el tiempo transcurrido y por no haber podido dormir la noche anterior.
Cuando ellas estuvieron satisfechas, y orgasmaron al mismo tiempo, me llevaron al cuarto de baño, donde con mi lengua tuve que limpiar de jugos sus partes. Me introdujeron en la bañera después, y una tras otra, se me mearon encima, ordenándome después, que les lavara y aplicara crema a sus pies para que quedaran limpios de mis babas.
Me dediqué a esta tarea con fruición y a pesar del dolor que sentía en mis partes, a causa de mi persistente erección que en combinación con las púas que herían mi pene, provocaban que un hilillo de sangre empezara ya a gotear.
Dijeron que eran las 11 de la noche. Me llevaron a mi cuarto y me colocaron la argolla al cuello. Me tumbaron cara arriba en el camastro y me ataron en cruz. Armadas con una fusta cada una, empezaron a azotarme cruelmente. Fue algo de pesadilla con lo que ellas gozaron sádicamente. El castigo fue muy duro y largo. Hasta que se cansaron de oirme gritar y suplicar. Con mi cuerpo amoratado, me desataron y me ordenaron ponerme a cuatro patas sobre el camastro. Una tras otra me penetraron con un grueso consolador que me hizo sangrar y gritar, aún mas, por el intenso dolor. Turnándose, hundían aquellos monstruos en mi culo hasta llegar. al menos, a la altura de mi estómago.
Cuando sonaron las doce campanadas en el reloj del comedor, se fueron a dormir. Me dejaron encadenado a mi camastro con aquella argolla alrededor de mi cuello, mi culo destrozado y todo mi cuerpo dolorido. Y prometiéndome continuar cuando se despertaran. Sin embargo yo era feliz, y, por partida doble, había conseguido realizar mi sueño. Desde entonces les pertenezco en cuerpo y alma y estoy contento si me dejan besar sus pies.
